Lo que una hija necesita de su padre

Bien dicen que los hijos no nacemos con un manual de vida bajo el brazo. La escuela de padres es la rutina diaria de ir descubriendo qué pasa con ese pedacito de persona que -a veces- se parece a papá y hay que formarlo lo mejor posible.

No solo no hay un recetario para ser papá, muchas veces tampoco los hijos hombres  tuvieron el ejemplo y les toca descubrirse a sí mismos en el camino.

Este día del padre se me ocurrió ayudar en ese tema. No quiero meterme en el argumento que ambos padres deben ser ejemplo, porque lo doy por hecho. Pero esta es una carta con ideas de lo que una hija, necesita de papá.

Lo primero es simple: quedarse.

Me refiero a quedarte en mi vida. Si te separas de mamá o decides darte una oportunidad con alguien más, es decisión tuya. No me metan en eso. Pero de cualquier forma, quedate en mi vida y dejame seguir siendo parte de la tuya. No creas que por mi edad no voy a entender o “por ser niña” soy más sensible a las situaciones.

Las niñas somos igual o más fuertes emocionalmente y perfectamente capaces de entender razones. Lo que no entendemos es la ausencia. Cuando entre a la escuela voy a necesitar a quién entregarle las manualidades del día del padre.

Ensuciarse las manos.

Necesito el ejemplo que una niña también es capaz de hacer el ‘trabajo sucio’. La disciplina de cumplir con obligaciones de trabajo, desarrollarse en ambientes laborales, ser el jefe o tener uno, cumplir un horario, dar lo mejor en equipos de trabajo…

Hacer trabajos en casa: reparaciones, tapar goteras, pintar paredes, instalar espejos, mover los cuadros… Los trabajos y oficios en todo sentido, compartidos con papá, serán una muy buena base para la forma en que aprendo a ser independientes en muchos sentidos. Y seamos honestos: nada causa mejores recuerdos que hacer destrozos con papá.

Los abrazos.

Es un tipo de abrazo que no se puede comparar a la ternura infinita de los brazos de mamá, ni a los jalones de hermanos, ni al cariño de los amigos o al abrazo nostálgico de los abuelos. Un abrazo de papá me da la certeza de protección total. Me vuelve tolerante ante el camino difícil y me forja cierta valentía ante los obstáculos sabiendo que los pasos que intento seguir, son fuertes y juntos somos invencibles. Hay alguien cuidándome siempre. Ese abrazo fortalece mi espíritu y me dice que soy capaz de lograr lo que sea. Es un acto de presencia total.

Expresa lo que sientes.

No importa la edad que tengo, háblame siempre de tus emociones. Necesito  ver que  un hombre es capaz de sentir de todo. No quiero un papá superhérore, eso solo lo dicen en anuncios comerciales. Necesito un papá humano, aterrizado, alegre y doliente, feliz y angustiado… verte atravesar y superar cualquier etapa de la vida con su respectiva emoción, me da fortaleza de espíritu. Me hará entender que vengo de un ser humano normal al cual seguir sin sentir la barra demasiado alta para superame, ni demasiada apática que me haga indiferente.

No te quiero de hierro. Viendo tus reacciones podré aprender a manejar mejor el fracaso y la humildad en el éxito.

El amor.

Con los tiempos que corren cada vez es más difícil cumplir este punto; pero es uno de los más importantes. Necesito el ejemplo masculino que el amor existe, que sí puede ser sano y que es lo mínimo que merezco. Mamá me lo dirá de otra forma y a ella la escucharé; pero a ti te veré.

Las niñas -en realidad- no queremos príncipes de cuentos. Eso nos ayuda a dormir cuando estamos pequeñas. Cuando crecemos y el corazón se despierta, necesitamos una base fuerte y una idea muy clara de qué es el amor y cómo funciona… y cuándo no. Esa idea clara nos ayudará a atraer –o no- lo mismo que vimos en casa. No importa si los papás se separaron, si hicieron su vida solos o con alguien más. Ese ejemplo de mamá y papá y su respectiva relación con el amor, nos moldeará nuestras expectativas y límites. Incluso si como hija decido hacer mi vida sin pareja, sabré que la decisión la tomo por mí misma y no por complacer estereotipos sociales. Y que sea lo que decida, estará bien.

No te preocupes si llevo a casa a muchachos que te asustan, solo estoy definiendo mis gustos. (Esperemos sea temporal!)

No me interrogues cuando me rompan el corazón ni amenaces a nadie. A veces tu compañía silenciosa será razón suficiente para contarte sin sentir que me juzgas.

Si elijo mal a alguien, necesito saber que siempre puedo regresar a casa y aunque me marche mil veces, siempre estarás ahí.

No me des todo lo que pido.

Si no necesito parejas que sean príncipes de cuentos, tampoco me eduques como princesita. Es cierto que es un apodo cariñoso y de protección, pero no me acostumbres a tenerlo todo en el segundo que se me ocurre. Será mejor que me muestres el valor del dinero, la honradez en conseguirlo y las prioridades al gastarlo. No necesito un papá millonario, sino un papá creativo que me muestre el mundo y me enseñe a pensar por mí misma.

No trabajes tanto por mí. Cuando esté grande, voy a necesitar recuerdos, no cosas.

Diferencias.

No me eduques diferente a mis hermanos, ni como débil, ni como fuerte, sin importar el orden de llegada o las diferencias de edades. Dame mi lugar en la casa como una igual. Puedo ser la niña de tus ojos siempre y cuando me enseñes a ver por mí misma y a tomar mis decisiones. Que los prejuicios de género no sean parte de la familia. Es probable que me guste jugar fútbol o que mis hermanos jueguen con mis muñecas.  El juego es el mismo.

Tampoco esperes que siga exactamente tu camino o intente ser lo que tú no pudiste. La mitad de mí viene de tí; pero somos diferentes con misiones distintas en el mundo. A veces te haré sentir orgulloso, otras no y está bien, es mí camino.

Culpas.

Por ningún motivo me digas que soy mala hija. Si eso miras es por el reflejo que tu creaste. Puedes regañarme, orientarme, aconsejarme, marcarme el camino, incluso a negarme ayuda; pero no cortes con palabras o hechos lo que nos une.

Si tienes frustraciones de vida, no me las adjudiques a mí o a mis hermanos. Tú eres el padre y dueño de tus propias decisiones. Hay palabras que jamás deben decírsele a un hijo. Ten cuidado al repartir responsabilidades.

Cuando comience a no obedecerte, es porque he comenzado a tomar mis decisiones. Lo que puedes hacer es confiar en que me educaste bien y me diste armas suficientes para diferenciar lo correcto de lo incorrecto. Confía en lo que me enseñaste.

Tampoco me pidas perdón por cada error tuyo. Si te disculpas más veces de lo que intentas enmendarlo, algo estás haciendo mal. Quizás sea más cómodo pedir perdón; pero las hijas no queremos papás cómodos, queremos que hagan lo que puedan con lo que tienen.

Si alguna vez me sientes lejana o  te miro con desconfianza, solo será consecuencia de lo que sembraste en mí.

A veces voy a necesitarte como guardaespalda, otras veces como amigo, algunas como psicólogo… pero siempre te voy a necesitar como papá y es una vocación/oficio/responsabilidad/trabajo/sacrificio/título que  TÚ elegiste.

bailando

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