Sin orilla

Era una buena mañana. Encontró el anillo que llevaba mucho tiempo perdido.

Por más de cinco años le llovían recuerdos esporádicos de ese círculo de plata que había perdido y le daban ganas de gritar por ello. Ahogaba su frustración en un par de suspiros, volvía a revisar los mismos lugares de siempre, revolvía sus viejos joyeros y nada… ni rastros del anillo. Olvidaba el asunto por un tiempo, luego aparecía la lluvia de recuerdos y repetía la búsqueda con los mismos resultados.

No era un anillo cualquiera. Aunque la diferencia estuviera en ella.

Le gusta acordarse del círculo perfecto que era, con una planicie leve que le hacía parecer sin orilla. recordaba que él jugaba con el anillo en su dedo meñique porque solo ahí le cabía en esa mano gigantesca y señalando el mar decía: “este anillo me gusta porque no tiene orilla, igual que toda esa agua”.

Cuando se lo regaló a ella -a quien sí le cabía en el dedo anular- le dijo que recordara que lo suyo tampoco tenía orilla.

Era muy común verla con el anillo fuera de su dedo y dándole vuelta entre las manos para sentir su delgadez. Era plata 925 y de color bastante opaco por el uso, con una pequeña imperfección en su interior gracias a un golpe. Lo giraba hacia un lado, hacia el otro, lo hacía girar sobre la mesa, lo probaba en otros dedos solo para sentir el placer de terminar en el anular de siempre. Donde él lo dejó.

Esa mañana que salió de la ducha y limpiaba el espejo del vapor, abrió el joyero de siempre y ahí estaba. Como si nada. Como si no hubiera pasado el tiempo. Viéndola con su imperfección. Ella le clavó la mirada casi desafiante; pero con una sonrisa de complicidad. Al fin y al cabo, eso habían sido con su dueño: cómplices.

En lugar de tomarlo, lo saludó de lejos, con la toalla medio puesta y las manos en la cintura, como cuando una madre regaña a un hijo; pero sin dejar de reírse por la travesura:

-“¿Dónde has estado?”, fue todo lo que se le ocurrió decir pensando en que le gustaría preguntarle lo mismo al antiguo dueño.

Cerró el joyero, se vistió y fue a su trabajo con el anillo girando entre sus manos… en su mente.

Al regresar, subió a buscar si todavía estaba ahí. Si era posible que el anillo desapareciera y regresara a su antojo, perfectamente podía volver a pasar. Abrió la tapa y ahí estaba, esperándola. Se lo puso en el mismo anular y le seguía quedando perfecto.

Esa noche soñó con él. Le pareció extraño ya que no había ocurrido eso en un buen tiempo. Durante el día se sentía fatigada y con un peso exagerado sobre sus hombros. Sin ánimo de nada.

Los días siguientes ocurrió lo mismo. Cansancio extremo, sueños recurrentes, pesadez en los párpados, caminar lento y extraños dèjá vu de su vida juntos.

Pensó desde cuándo estaba teniendo de nuevo el mismo insomnio y cuando lograba dormir unos minutos, el mismo sueño que tuvo hace muchos años.

El día que no se ponía el anillo, andaba con presión en el pecho como si algo le faltara. Como si tuviera un mal presentimiento sin que nada pasara. Y aunque se lo quitaba para dormir y ducharse, el peso de los recuerdos era cada vez mayor.

Todo coincidía. Aunque no le contó a nadie ni se atrevía a decirlo en voz alta. Era delirante la idea que un anillo de plata provocara una avalancha de sucesos emocionales y hasta físicos. Una locura.

Pensó en mandarlo de regreso con su antiguo dueño -sin dar mayor explicación-; pero le pareció mucho trabajo conseguir con sus antiguas amistades la dirección y el código país para envío de correspondencia, así que la solución inmediata era guardarlo en una caja bajo llave, dentro de la primera gaveta del tocador y hacer de cuenta que nunca más lo encontró.

Escrito para el Blog Non-Girly Blue inspirado en la canción ‘Far Behind’ de Candlebox

 

 

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