‘Atacando’ el domingo

Podría iniciar este texto diciendo que en El Salvador el sol lo guardamos debajo del mar. Comienza estirándose la modorra entre los ríos del oriente y lo termina en la última línea azul de altamar.
Se tarda lo que le da la gana en esa vuelta, al mediodía se estaciona paciente para castigar las coronillas de los atareados y en la tarde parece bailarina con un vestido incendiado antes de ponerse la pijama rosada.
O también podría escribir que los pueblos incrustados entre montañas, los que saben que evolucionar es mantener intacta su identidad, son realmente puertas que dejan entrar y salir el viento. No hay manera que sean otra cosa.
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Hoy por ejemplo fui a uno de los pueblos consentidos: Concepción de Ataco [http://bit.ly/2DiH8Is]. Cada calle guarda fruta mezclada con risa de niños, en un negocio suena Juan Gabriel, en el siguiente hay música andina en vivo y ambas canciones pelean con ‘cumbia, sabrosa cumbia’ que sale de un CongaBus con los pasajeros sentados en el techo.
Una iglesia atiborrada de vendedores de estampitas de santos y billetes de lotería (por cierto, TODOS los lotilleros tienen el número ganador), un parque central tapizado de comedores ambulantes (no se puede vivir sin los buñuelos y elotes locos) con perros callejeros mendigando con la mirada, calles peatonales convertidas en armarios donde los turistas se prueban las tallas de abrigos y mantones tejidos, bisutería, sandalias, adornos de mesa, arte sacro en pewter y gorritos de Mickey Mouse para niños.
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Entre una esquina empedrada y otra desempedrada, están los restaurantes. Casonas antiguas adaptadas con muebles artesanales, con patios centrales donde una quisiera modelar vestidos con crinolina mientras llega algún galán sobre su caballo a pedir la mano. Ahí se han instalado los baristas modernos, postres exóticos y los que viven de cocinar antojos para los que huimos de la ciudad.
Pero en realidad es un escrito sobre los amigos. Esos que deciden ir a un pueblo de montaña durante un frente frío armados con una botella de vino y buen humor. Esas personas que buscan un mirador de carretera para tomar foto del atardecer aunque el viento congelado te quite sensibilidad en las manos y la nariz porque, finalmente, sus pláticas y abrazos te entibian las dudas del domingo.
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Queda hecha la invitación para quienes me leen en otras fronteras para que vengan a perder rutinas y encontrar historias. Y queda hecho el agradecimiento a la vida por los amigos que son familia elegida y te quieren cuando no tienes nada para dar a cambio.
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