La última plática

Llegué a su apartamento en la calle El Progreso, cerca del Estadio Mágico González, a las cinco de la tarde de un domingo aburrido como cualquier otro. No sé por qué los domingos son así, o es la ciudad o nosotros los aburridos; pero era una opinión que compartíamos con Ricardo Lindo.

La última vez que nos vimos me esperaba en su sala, con una ventana maravillosa hacia un patio horrible, unas velas sobre la mesa de centro para espantar mosquitos y un cigarro que nunca terminaba porque con uno encendía el otro.

—“El tráfico es una mierda hasta en domingo, ¿verdad?”, dijo burlón sacando humo por la nariz al ver mi cara de cansancio.

—“Hola tío”, fue lo único que dije al verlo tan frágil, encorvado y con la cabeza rasurada. Ricardo siempre tuvo cabello abundante –o al menos eso recuerdo- y sobre todo, una barba blanca tan perfecta que parecía falsa.

Cerré la puerta, saqué la caja de pan dulce que había llevado y me acercó una taza vacía para que me fuera a servir café a la cocina. Le dije que si bebía de su ‘petro-café’ a esa hora no iba a dormir en tres días. Era una pasta negra pegada al fondo del tarro de vidrio, que sí olía a café; pero sabía a comida para perros. Me serví del jugo de naranja que había comprado con el pan y regresé a la salita.

Se incorporó muy lento para ver mis papeles tachados: _”vaya, contame qué estás queriendo escribir… porque no es lo mismo escribir, que querer escribir”

Le expliqué la idea: “quiero dar a luz mi primer libro”.

—”Puta sobrina, esas son palabras mayores”

—”¿Lo del hijo?”

—”¡Lo del libro!”

Ricardo fue ese tío que fungió como hermano mayor en los años que nos reencontramos. Era fácil hablar con él porque nunca aconsejaba, solo escuchaba y reía, como si ya supiera el final de todo.

Nació en el ’47, el mayor –de siete hermanos- del también escritor Hugo Lindo y de quien heredó el amor a la nicotina. Ricardo vivió de niño en Chile y Colombia cuando su padre fue diplomático. También estuvo en París estudiando en La Sorbona y regresó a El Salvador “para joder y joderse”, como decía cuando estaba de mal humor; pero con la certeza que la necesidad de educación de esta comarca lo anclaba.

—”¿Cómo se siente?”, pregunté disimulando un abrazo que nunca le di para no incomodar.

—”Tan mal como me veo”.

Nunca quiso dejar de fumar. Decía que de algo debía morir, que nadie entendía que quería irse tal cual vivió.

Esa última vez hablamos de sus padres, de los mios, de las infancias en épocas distintas, de un país a quien nadie le interesa educar ni educarse y de su necesidad de ser consecuente hasta en los vicios.

Escribió en los ‘80s un libro hermoso titulado “La pintura en El Salvador”. Fue mi primer encuentro -a mis 5 años de edad- con un libro que no era de letras, sino, fotos de cuadros y períodos cromáticos. Escribió una infinidad de poesía y prosa, pintó y dio clases en el Centro Nacional de Artes y ha sido el único con credibilidad suficiente para hacer una adaptación de ‘El Principito’ al costumbrismo salvadoreño.

Pero lo que más me tocó de ese personaje familiar, fue en el 2004 cuando publicó un poema titulado ‘injurias’, resumiendo de manera magistral lo que significa ser homosexual en este país de postureos obligatorios.

Me tocó el alma no solo por su exquisita fineza para burlarse de todo y todos, incluyéndose, por su fotografía en camiseta y sombrero de copa sacando el dedo medio, sino también por la exagerada valentía que acumuló en cinco décadas para salir volando del armario usando un poema como capa.

De ahí en adelante todo fue cinismo. Quizás por eso me sentía tan cercana a él. Verlo repartir experiencia y amor a la lectura entre estudiantes, decidir según le apuntaba el antojo, negarse a algo sin vergüenza y esconderse a plena vista en una reunión cuando le pateaba el hígado la misantropía.

Él era así y en esa salita pequeña de su apartamento alcancé a decírselo. Que lo admiraba por honesto, que le agradecía cada palabra impresa y hablada y que por favor no se fuera a morir todavía porque necesitaba su guía.

Buscar en internet sobre Ricardo Lindo es ahogarse en datos y recuerdos. Ahí nadan revueltos sus escritos, premios, homenajes y el dato que decidió morir una semana antes de mi cumpleaños… y de mi libro.

Su hermana menor lo anunció por Facebook: “mi hermano Ricardo murió hace unas horas en el Seguro Social…” y otras dos líneas borrosas por mis lágrimas de pura rabia, tanta, que en su vela no quise leer en voz alta sus poemas como hicieron los demás. Me quedé sentada al lado del féretro tratando de acomodar esa última plática en la calle El Progreso y la avalancha de angustia al recordar lo no dicho.

Al final de su biografía se lee: “sus cenizas descansan en el fondo del mar”, y con eso me quedo, porque es la inmensidad que merece.

 

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Lectura de cuentos con estudiantes. Suchitoto. 2015

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2 Respuestas a “La última plática

  1. “del 47…decidió morir una semana antes de mi cumpleaños… y de mi libro.”
    Me sacaste las lágrimas Titi, mi padre, del 48, se fue 3 semanas antes de mi cumpleaños y a 2 meses de que naciera su tercer nieto. Con la diferencia que no pude despedirme.
    QEPD dos almas que fueron guía.

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