La herencia de Secundino

Secundino no fue el segundo, sino el último de siete hermanos; pero a Mercedes, su madre, le gustó el nombre. Decía que le recordaba a aquel español costeño, colorado y barbudo que dieciséis años atrás había llegado al pueblo como turista, con sus tiliches colgando de la espalda y mandando al carajo tanto calor.

— A ese extranjero sí que le gustaba comer. Recuerdo que siempre pasaba por aquí para que le sacara pupusas de tres en tres – Dijo Mercedes a su hijo.

— ¿Y por qué no se quedó a vivir aquí en Suchitoto si le gustaba tanto? –Preguntó Secundino, a quien todos llamaban Cundo.

— Era bien peperecho. Andaba de mujer en mujer hasta que el papá de una, del otro lado del lago, le sacó cuete y no lo volvimos a ver. Dicen que gritaba “¡coño!, ¡guárdela don Ángel!”… y pedía “¡hostias, hostias!” mientras corría. Al rato regresó a su tierra. Ni nos despedimos -Contó Mercedes a su hijo que no dejaba de hacer cuentas para sus quince años.

Cundo, a pesar de haber crecido en una champita de adobe y bahareque, con llantas sosteniendo cada pared, donde compartía colchonetas casi podridas como camas, era libre. Sobre todo acabando de firmarse la paz en una ciudad de México que nadie podía pronunciar. Ellos pudieron regresar a reconstruir sus champas y retomaron el bullicio normal.

Todo el pueblo era su jardín, usaba las montañas que dividían Suchitoto y Cinquera como su inodoro privado, el parqueo de los turistas como cancha de fútbol con porterías limitadas por piedras y graderías imaginarias, los camiones de la Cruz Roja que llegaban una vez al mes a dejar donaciones de la post guerra, eran su ropero y la laguna de Suchitlán le servía como piscina después de los partidos. Pensaba que ese color verde esmeralda le servía como baño de limpia para atraer la suerte y nada tenía que ver con las algas peligrosas de las que hombres de batas blancas habían advertido.

Creció distinto a sus hermanos. Se sentía distinto. Con una atracción irracional por el agua que nadie más tenía. Su sueño permanente era ir a conocer el mar.

Se ganaba unos centavos desde los diez años como ayudante de los lancheros que atarantaban a los turistas con la historia del lugar. Otras veces salía de su casa por temporadas para arrear el ganado de los hacendados. Llevaba las vacas por grupos hasta las orillas del río Palancapa. A Mercedes no le gustaba que desapareciera tanto tiempo; pero necesitaban el dinero y nadie podía decirle a su hijo – que ya pintaba un bigote ralo y amorfo- qué hacer y qué no.

Cuando llegó su esperado cumpleaños, celebraron con una atolada a la que se sumaron todos los vecinos. Cándida, a quien Cundo llamaba ‘madrina’, aunque ni bautizado estaba, puso las ollas, leña y la masa para riguas:

— ¡Tan grande y guapo que se me está poniendo! –Dijo haciendo un garabato de cruz en su frente.

Margarita, la vecina de la champa del otro lado, llevó el café y algunos platos y vasos desechables que tenía en su puesto del mercado:

— Lástima que no le conocimos al tata porque a usted no se parece nada –Le dijo a Mercedes quien se hizo la loca encendiendo la leña.

Unos amigos de sus hermanos mayores, le regalaron a escondidas una cajita de preservativos:

— Tené. Escondelos de tu nana.

Cundo les agradeció con una sonrisa disimulando que no sabía qué era, ni para qué se usaba.

Así fueron llegando todas las personas que lo querían por bonachón y otros que lo vieron decir su primera palabra: “mar”, apuntando con su dedito a la laguna sin que nadie entendiera, porque nadie le había hablado nunca del mar.

Él permanecía en la entrada del camino de tierra que llevaba a su chocita, esperando. Su madre pensó que estaba recibiendo a las visitas o jugando con el chucho de Margarita que la seguía a todos lados; pero cuando llegó Helenita, supo que su retoño estaba enamorado.

Vio que se le levantaron los pies de la tierra dejando sus chanclas de hule unos centímetros abajo, el cabello siempre de un lacio imposible se electrificó, su piel de barro tostado comenzó a brillar verde tornasol como el lago y en la espalda de adolescente a medio formar le salieron un par de alas gigantes.

“Mijito, mi muchacho”, pensó Mercedes llevándose la mano a la boca. La ahogaron reminiscencias del hombre que años atrás le sonreía bajo una barba, que le levantaba la falda con la mirada, que la hacía recitar el Padrenuestro para no pensar en lo que pensaba. Ese amor desaparecido. Mercedes susurró: “tiene las alas de su papá”. Algo que sólo ella veía y sólo en los hombres que amaba.

Nadie más tenía la facultad de ver en parejas e hijos hombres lo que les pasaba al enamorarse. Parecía una cosa mágica de esa mujer darse cuenta de las rarezas en que se convertían al querer a una mujer; pero igual fue su madre y su abuela y no se lo cuestionaba.

Cinco años después, Cundo decidió que arrear ganado no le dejaba dinero suficiente para viajar a conocer el mar, así que contó sus ahorros, fue a una financiera instalada en la casona frente a la iglesia Santa Lucía y consiguió un crédito para comprar una lancha. Fue unos días antes de cumplir veinte años que quiso comenzar a trabajar como guía turístico. Total, se sabía de memoria cualquier historia y un grupo de chelitos, dejaba mejores propinas que un ganado completo.

La lancha tenía la pintura descascarada; pero ya tenía un conveniente nombre:

LA MECHES

La estaba probando a la orilla del lago cuando vio acercarse a Helenita con su canasta de yute del mercado. Se veía más bonita que nunca. Con su vestido blanco que también llevaba los domingos a misa, su melena negra hasta la cintura y las caderas que terminaban en dos piecitos aindiados moviéndose como el danzón de agua que hacía su lancha.

— Hola Cundino

— Sólo a usted le permito que me insulte con ese nombre, ¿oyó? A nadie más.

— Ay Cundino, tu nombre de cualquier manera sonará a insulto. ¿Me enseñás tu lancha?

— Mire, este es el motor, aquí voy a ponerle dos planchas de madera pa´que la gente se siente. Y cuando tenga más ahorros, le voy a instalar un toldo pa’que dé sombra. Y cuando ahorre suficiente los dos nos vamos a vivir al mar.

— ¿Querés practicar conmigo?

— ¿Cómo dice, Helenita? –contestó casi infartado

— Que practiqués conmigo ser guía turístico. Llevame a dar tu primera vuelta.

***

Unas semanas después, Cundo iba al taller cercano para comprarle pintura a LA MECHES.

Helenita salió de la panadería y al verlo lo alcanzó hasta tomarle la mano.

— Helenitaaaa… nos van a veeeer

— No importa; pero tenés que hablar con mis papás.

— Mejor acompáñeme por unas pupusas.

— Vos siempre con hambre.

Regresaron a la casa de Mercedes para el almuerzo. Cundo le mostró a su madre unas pinceladas de color extraño alrededor de su boca.

— Mamá, mire. ¿Qué es esto?

Mercedes lo vio y se le aguaron los ojos. Sintió que se le derretía el aura al verlo confundido.

— Ya no tenés el bigote ralo

— ¡No se haga ‘ma! Mire bien, acérquese más, ¡mi barba se está poniendo anaranjada!

Mercedes sabía que había llegado el momento de contarle todo sobre su padre; de dónde venía su obsesión por el mar, su hambre permanente, el nombre extraño, los pelos colorados y la herencia de verle unas alas que también le vio a su padre y ninguno sentía. Pero Helenita lo tomó de la mano y se la puso en el vientre.

Cundo y Mercedes la vieron en silencio y ella les dijo con una mueca:

— Siento como… como… como si aquí dentro me revolotearan alas…

FIN


Glosario para extranjeros:

1. Tiliches: cosas, pertenencias, bártulos
2. Peperecho: hombre mujeriego. Viene de un pan dulce muy salvadoreño llamado ‘peperecha’, cubierto de azúcar roja. Nombre que le dan a una mujer trabajadora del sexo (por lo rojo) y a los hombres igual.
3. Cuete: pistola
4. Atolada: reunión para beber atole de elote y otros productos de maíz.
5. Riguas: comida típica hecha de maíz con frijoles.
6. Chucho: perro.
7. Chanclas: sandalias, chancletas.
8. Grupo de chelitos: blancos. Grupo de turistas blancos.
9. Yute: Jute, Planta de la que se extrae fibra para fabricar artículos.
10. Pupusas: la comida típica por excelencia en El Salvador. Hechas de maíz o arroz y rellenas de chicharrón, queso o revueltas. Hay más variedad; pero nadie se puede morir sin venir a comer una orden de pupusas con una tacita de chocolate caliente.

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3 Respuestas a “La herencia de Secundino

  1. Lindo tributo a un personaje que hace mas de 15 años te impresionó tanto que pasó a formar parte de tu historia personal.
    Habrá una segunda parte para conocer la vida de Cundo con Helenita?
    Logró Cundo conocer el mar?

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