Susana, Leo, los perros y las cicatrices

Cuando llegó a la playa, no esperaba encontrarse con un torneo de surf femenino. Había viajado varios kilómetros para huir de los que en vacaciones inundaban como hordas las playas detrás de su casa y se veía obligado a llevar su amargura a otro lugar.

Por eso subía a sus tres mejores amigos a la vieja camioneta Chevy restaurada en casa: un labrador negro como el carbón, un pastor alemán con aires de nobleza y uno de raza incierta, más feroz y autónomo que los otros dos. Coal, Sergeant y Whiskey. Durante tres meses empacaba más pertenencias de sus perros que propias, el bastón con el que impulsaba su pierna desaparecida en Irak y soportaba que le doliera esa herida por varias horas al volante hasta llegar a otra playa lo más alejada posible de la civilización veraneante. Elegía ese otro lugar porque siempre tenía prohibición de nadar por las corrientes traicioneras y pasaba casi vacía; pero el vigilante de Clearwater Beach había sido amigo del abuelo de Leo cuando llegaron como inmigrantes a Nueva York y lo dejaba hospedarse en una cabaña abandonada que poco a poco iba reconstruyendo.

Ahora estaba igual de atestado de gente y debía ponerle correa a Whiskey, el único volátil de los tres, para evitar algún accidente.

Al entrar a la vieja casa fue directo a la cocina para guardar y ordenar las compras del mercado para sobrevivir las primeras dos semanas. Coal fue detrás de él, mientras que Sergeant y el criollo corrieron al cuarto de baño.

De inmediato escuchó un grito, varias cosas que caían en la ducha y Coal se unió a los otros dos canes en sus ladridos. Tomó su bastón,sacó su navaja suiza que escondía en su bota especial y fue en busca de sus perros y el grito. Encontró a una joven deteniendo la cortina de la ducha con una mano y un bote de shampoo en la otra para defenderse de sus tres agresores.

Se quedó en  la puerta y ella volvió a gritar. Leo hizo una señal de “afuera” a sus perros y cerró la puerta para que ella saliera de esa situación en paz.

A los 15 minutos, ella salió del baño con una mochila al hombro y más sonrojo que un atardecer.

_ ¿Quién eres y qué haces aquí? -Preguntó Leo si dejar de cortar filetes de pescado

_ Lo lamento mucho… no sabía que alguien venía aquí y yo necesitaba alejarme un poco de la gente del torneode surf porque…

_ No me interesa. Pregunté quién eres y qué haces aquí.

_ Susana. Me llamo Susana y no sabía que el viejo vigilante había dado permiso para que alguien…

_Yo pago por esta cabaña -interrumpió Leo- No me interesa lo que el viejo Joe te haya dicho. Esta casa está habitada los tres meses de verano, ¿Entendido? .

_ No pretendía quedarme, solo necesitaba una ducha en privado porque…

Y Leo dejó caer en el fuego las verduras picadas de su tabla de madera que hicieron un ruido suficiente para cortar la explicación de Susana. Al ver que su interlocutor ni siquiera la miraba, se acomodó la mochila en el otro hombro y salió dando un portazo que hizo temblar la pequeña ventana de la sala.

Leo se sentó en el sofá gigante con su plato recién servido y cuando estaba a punto de destapar la cerveza, se dio cuenta que ninguno de sus tres perros estaba en la casa. De un saltó en un solo pie llegó a la puerta, apoyó el bastón para bajar los escalones y se fue siguiendo el rastro a perfume que su invitada no deseada dejó al irse.

Ella casi llegaba a la playa donde estaban reunidas sus colegas de surf y no se había percatado que detrás venían los tres amigos que le habían dado un susto al salir de la ducha.

Escuchó que gritaban su nombre _¡¡Susana!!

Volvió a ver y era Leo tratando de correr en un solo pie y bastón con la cara descompuesta de pensar a sus perros como perdidos. Casi nunca se separaban de su lado. Los tres habían sido rescatados de un refugio de animales durante la guerra y estaban a punto de ser sacrificados hasta que él recibió su baja y decidió calmar sus demonios acompañándose de la soledad de esos tres desafortunados. Pagó una buena suma para traerlos hasta su casa y procurarles rehabilitación en una veterinaria mientras él aprendía a usar una pierna de acero y a cocinar comida que no saliera de latas con sello del gobierno federal.

Cuando ella identificó que era Leo, vio a unos metros que los tres perros venían siguiéndola emocionados, como si ella los guiara al agua donde tanto les gustaba jugar. Se agachó para abrazarlos y Leo vio cómo esos tres insoportables se dejaban acariciar por esa perfecta desconocida que les besaba la trompa como si no tuviera miedo a perder la nariz de una mordida.

_Tranquilo, no sabía que estaban aquí.

_Lo sé. Nunca se van así, no se qué pasó…

_¿Les gusta pasear? Podría pasar a traerlos cada tarde para sacarlos si es que tu no puedes

_No es necesario. Mi pierna no interfiere en su rutina de ejercicio. Están entrenados para ayudarme

_Lo siento, no quise decir eso. Me refería a que…

_Así déjalo. Nos vamos.

Hizo de nuevo la señal con su mano y los tres perros enfilaron de regreso a la casa.

La mañana siguiente Leo despertó sin el peso de los perros sobre su cama. Supuso que habían vuelto a huir buscando el mar -o a ella- y cuando salió del cuarto con el bastón, los vio echados en la alfombra de la sala mirando la puerta, como esperando a alguien.

Se asomó por la ventana y vio a Susana subiendo los escalones y antes que tocara le abrió

_Te dije que no necesito que los saquen a pasear

_No vine por los perros. Necesito que me dejes duchar aquí

_¿Ah?… pero qué…?

_Por favor

_Si eres competidora tienes tu propia ducha, ¿no?, ¿Se están hospedando en el…

_No, Algunas no alcanzamos habitación en el hotel y nos quedamos en una casa compartida. Con cocina y duchas compartidas y necesito ducharme aquí.

_No entiendo qué tiene que ver. No me parece correcto.

_¡Por favor! -Levantó la voz en tono demandante, como si estuviera harta de pedirlo

Leo le vio la expresión de súplica y en silencio se apartó dejándola entrar. Los perros se fueron detrás de ella al baño y Leo preparó dos cafés mientras veía las tres colas que casi nunca se movían por él.

Cuando la cafetera sirvió la segunda taza, regresó al sofá grande de la sala para esperar a que su autoinvitada siempre no deseada saliera y le diera alguna explicación. Vio la puerta del baño entreabierta, se inclinó un poco para evaluar si la vista y el ángulo alcanzaban para ver algo y… sí, la vio salir de la bañera con la toalla cubriéndole la espalda. Se volvió a sentar en la otra esquina del sofá pensando que estaba loco. Primeros sus perros actuaban extraño y ahora él. Tanto tiempo en entrenamiento y en guerra habían destrozado más su interacción con la sociedad que la soledad que siempre lo acompañó.

Volvió a inclinarse hacia el ángulo del baño y la vio de espalda frente al espejo ahumado por el agua caliente. Soltó su cabello. Era en verdad negro y más corto de lo que se notaba. Pasó su mano por el espejo para limpiarlo. Y en ese reflejo la vio acariciar dos grandes cicatrices.

Se quedó congelado aguantando la respiración tratando de entender cómo alguien tan joven y aparentemente sana podía no tener su cuerpo completo. En ese mismo segundo recordó las cicatrices de su pierna y cómo poco a poco la fue perdiendo hasta ganarse el apodo de ‘Ironman’ cuando le instalaron la de acero. Recordó despertar en la cama de un hospital cutre con gente agonizando a ambos lados. Recordó las veces que se ha despertado con dolor en una pierna que ya no existe.

Susana salió del baño con su mochila al hombro. Caminó hacia la puerta y cuando dijo “gracias”, sacó a Leo de su s recuerdos y  la detuvo:

_Preparé café

_¿En serio?, pensé que no era bienvenida aquí

_No lo eres. Pero es importado y se enfría… -Le acercó la taza a la orilla de la mesa

Ella la tomó y se sentó en la esquina donde minutos antes había sido espiada.

Leo la observó de reojo tratando de ver cómo su ropa tenía la curva normal de sus senos y se preguntaba si esas prótesis funcionaban similar a su pierna…

_¿Puedo preguntar qué te pasó en la guerra? -Dijo ella

_¿Cómo sabes que…?

_Tus placas de metal cuelgan de tu cuello, y…también…tu….

_Pierna. -Leo la miró fijamente y sintió una profunda confianza con su desconocida nunca bienvenida.

Pasaron toda la mañana hablando de Irak, las Torres Gemelas, política internacional, los estudios de relaciones internacionales de Susana, su amor por el mar, su cáncer y doble mastectomía a los 28 años, la emboscada del escuadrón de Leo, la metralleta que vaciaron en su pierna, sus perros con sus propias cicatrices. Todos en esa sala tenían más de una herida física y varias emocionales que les costaba compartir con alguien más porque no soportaban la lástima ni los beneficios de discapacitados que la sociedad brinda para sentirse menos culpable.

Cocinaron el almuerzo entre las historias de sus respectivos padres. De cómo los de Leo lo convencieron de unirse al ejército siendo él un vegetariano pacifista y cómo los de Susana quisieron tomar decisiones por ella pensando que le ayudaban con su enfermedad pero en realidad la enfermaban más asfixiándola.

Las historias de la tarde surgieron caminando los cinco hacia el mercado de frutas frente al parque. Dejando que Coal, Sergeant y Whiskey disfrutaran el césped, la tierra y los charcos, que asustaran a los patos y se dejaran acariciar por los niños que los sobornaban con pan y dulces para acercarse.

El atardecer lo vieron a la orilla del lago de los patos. Vieron a todas las familiar regresar a sus casas, las aves esconderse para dormir y ellos continuar con sus aventuras de adolescentes y niños, mucho antes que sus pesadillas se hicieran realidad.

Leo no sabía cómo acercarla a él para besarla. Le daba miedo ponerle la mano en la espalda, en los hombros, no estaba seguro de dónde tocar. Había entendido porqué esa chica buscaba esconderse cada tanto de la multitud y necesitaba una ducha privada, un espacio solo para ella y su cuerpo en recuperación. Y él sabía exactamente cómo era eso.

Apenas estaba procesando lo que sentía al soltarle a ella cada una de sus historia; pero cada recuerdo que intercambiaban los hacía más ligeros. Cada palabra pronunciada era un alivio.

De regreso en la cabaña, Leo servía los tres platos a sus canes hambrientos que esperaban sentados en fila a la orilla del lavaplatos. Cuando sirvió el último y se apoyó sobre la mesa de la cocina para descansar su pierna, sintió las manos de Susana en su espalda. Eso lo paralizó aún más que verla a ella en la mañana en su baño frente al espejo. Cuidó de no mover sus manos. Ella se colocó frente a él, se inclinó tomándole la cara y lo besó.  Lo suficiente para cicatrizar.

 

Relato inspirado en ‘Danzón’ de Control mache y Café Tacvba para el Blog Non Girly Blue

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Una respuesta a “Susana, Leo, los perros y las cicatrices

  1. Muy conmovedora tanto por la historia como por el desarrollo literario. Sela mandare´ a Hno Ricardo Aguilar (humano) y a W. Lewis (Yuscaran en Honduras)..Graciano, ofm

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