Lo que ya tenías

 

Cuando regresó del viaje, sacó la llave del pantalón con la mano derecha mientras dejaba en el suelo su maletín con las pocas prendas que se había llevado.

No había terminado de introducir la llave en la chapa cuando ésta se abrió. “Bienvenido”, escuchó detrás de la puerta y sonrió.

Terminó de correr la puerta y la vio. Con un vestido claro muy escotado para esa hora de la noche; pero que a él le encantaba porque le destacaba sus dos atributos favoritos de ella: los ojos y los hombros. Lo que más extrañaba de su cuerpo cuando viajaba.

Se dieron un beso largo en la puerta, entró hasta la sala y se dejó caer en el sofá muerto en vida por semejante viaje en carretera. Siempre que regresaba juraba no volver a hacer ese viaje por tierra; pero siempre terminaba inventando excusas para ir a los países vecinos a hacer lo suyo: cuestionar el sistema educativo y buscar librerías de segunda mano que casi vaciaba -igual que su billetera- y regresar con más peso en la maleta del que sentía en el alma.

Rachel terminaba de preparar la cena entre la cocina y la mesa del comedor mientras Tomás sacaba del maletín arrastrado hasta sus pies lo que había comprado para ella, metiéndolo en la bolsa de su pantalón.

Se sentaron a comer mientras él platicaba de sus recientes experiencias entrelazando situaciones, nombres y lugares. No terminaba de contar una historia cuando ya había comenzado otras dos. Ella lo veía sonriendo de lada mientras pensaba que la pasta había quedado un poco seca, que quizás le ponía más salsa y qué lástima que no había encontrado hongos frescos en el mercado porque le gustaba más la salsa blanca que la boloñesa para esos espaguetis pasados de calor.

Tomás ignoraba que ella divagaba entre su pasta recién hecha, el vestido que le estaba causando frío en la espalda, las veces que él le había llamado en cada uno de sus viajes y todo lo que se le estaba atorando en la garganta por decirle.

Él hablaba y hablaba de Nicaragua, Comparaba Managua que le resultaba profundamente árida y aburrida con Masaya y Granada que le hacían sentir en otra época. Y quizás eso le aliviaba. Comentaba del queso trenzado y de la horchata con hielo que le regalaba la señora cerca de su hospedaje, de sus compañeros asesores que siempre terminaban buscando bares nudistas en cada pueblo; pero que él no iba y así sucesivamente cada detalle de sus aventuras como director de la nueva propuesta educativa que trataba de implementar en las escuelas de la región y esperaba que Nica le diera más suerte que el desastre vivido en Guatemala por la negativa del Ministerio de Educación a reconocer como lenguas oficiales la cantidad de dialectos indígenas, además del castellano.

Rachel acomodaba su cabello castaño sobre un hombro y sobre el otro y se levantaba a dejar y traer vasos y platos a la cocina que iba apilando al lado del garrafón con agua. Pensaba que cuando lo compraron con Tomás apenas tenían unos meses de iniciada su relación y habían peleado por el color del grifo plástico para el agua embotellada. Ella quería el azul y Tomás quería el gris. Compraron el celeste.

Se apoyó sobre el lavaplatos y respiró profundo. Él la llamó al ver que no regresaba a la mesa. “Rachel, amor… nena, Rachel…”, escuchaba ella pensando que siempre había odiado su nombre y más desde que se instaló en el país. Por él, con él, en su casa, abandonando su vida apacible en San Francisco como maestra de kinder. Adoraba el acento con el que pronunciaba ese “Rachel”. No era ni el sonido de la ch, ni el sonido de la q. Era una mezcla suave que solo Tomás sabía pronunciar para derretirle la vida.

Se asomó por una columna de la cocina para responder a sus llamados con la misma sonrisa de enamorada que tuvo para él desde el principio. Sus brazos cruzados sobre el abdomen solo se separaban para seguirse acomodando el cabello mientras desatascaba las palabras de su garganta.

Con un pie arrastró una maleta hasta quedar entre ella y la columna de la cocina. Cuando Tomás se fijó en ese movimiento, al fin calló. “¿Qué pasa nena?” preguntó sintiendo la adrenalina previa a morir en el campo de batalla.

-“Dejé mi país por ti, mis niños del kinder, mis padres, mis amigos y la beca que me habían dado para el doctorado…”

-“Pero dijiste que no te la habían dado. Eso fue hace tres años y…”

-“Fuiste mi prioridad. Por eso no dije nada. Quería darme la oportunidad de venir aquí. Contigo”

-“…Sí; pero…¿no eres feliz?”

-“Te amo”

-“No entiendo”

-“Que también me dejé a mi. Te veo ir y venir llenándote de lo tuyo. Luchando por tu causa. Riendo y sufriendo con tus amigos que respiran su causa igual que tu. Yo no tengo nada de eso”

-“Pero podríamos hacer que…”

-“No va a funcionar”

-“¿Hace cuánto pensaste ésto?. ¿Esto es por mi?”

-“Hace varios meses. Claro que es por ti; pero no por sentirme mal, es porque me causa envidia no poder sentirme tan bien como tu y necesito buscar lo mismo. Y sé que no es aquí”.

-“¿Te pusiste mi vestido favorito para irte?”

-“Quería recordarnos así. Cenando juntos. Gustándonos”, dijo mientras sacaba de un llavero su copia de la llave y poniéndola sobre el desayunador.

-“Esta también es tu casa”

-“No. Y es parte del problema. Me sumaste a tu vida hecha. Nunca pensaste en construir una nueva juntos. Una para los dos. Solo me sumaste a lo que ya tenías. Como algo más”.

-“Nunca fue mi intención…”

-“Ni la mía”. Se acercó para besarlo en la mejilla. Pero Tomás se inclinó y la besó en la boca. Se quedaron quietos sintiendo ese beso mojado con sal. Él intentó levantarse; pero las piernas le temblaron. Esa mujer perfecta caminaba en dirección contraria y no era capaz de detenerla. Se preguntó si así como él había roto un corazón hace años, le estaría pasando lo mismo. Si ese momento era un recordatorio del daño que él había hecho antes.

Sacudió los pensamientos cuando escuchó el sonido de un motor y vio un reflejo amarillo que le hizo suponer era un taxi. Vio la mesa servida. Todos eran platos que le encantaban y no se había dado cuenta. ¿Cuántas cosas más había hecho por él sin que se diera cuenta?. “Solo me sumaste a lo que ya tenías…” repicó en su cabeza una y otra vez. “A lo que ya tenías…a lo que ya tenías… a lo que ya tenías…”

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