La niña blanca. Salmo 91

arquitecturanegra7

Esa mañana la casa olía a caldo de gallina. Todos caminaban rápido y sin hablar para evitar tocar el tema. Las cocineras sudaban cilantro, las encargadas de los animales destilaban olor a leche recién ordeñada, la nodriza igual y todas hacían sus tareas cotidianas viendo hacia abajo para no llamar a la mala suerte ni con el pensamiento.

Sabían que los gritos que habían escuchado anoche significaban algo malo; pero nadie se atrevía a decirlo en voz alta. La niña más pequeña de la casa tenía la virtud de ser un hermoso bloque de queso blanco con sonrisa de porcelana y mirada de ángel; pero cuando soñaba que se le caían los dientes, era porque alguien iba a morir.

Por supuesto que no hay una lógica en eso. El mundo onírico siempre ha sido visto de menos, con recelo, con un completo escepticismo por todos en el pueblo. Incluso por los dolientes que aún lloran esas ‘coincidencias’ de sus familiares fallecidos.

Nadie creía lo que ocurría con la niña blanca de la casita al final de la calle. Pero todos le temían.

En la puerta desvencijada habían clavado animales muertos para “ahuyentar al demonio”, recipientes con todo tipo de sahumerios, macetas con hoja de ruda, fotografías de los enfermos para ver si la niña soñaba con alguno y les avisaba a tiempo para prepararlos antes del rigor mortis cuando ya costaba vestirlos o fotos de los recién nacidos con la esperanza que la niña aprendiera a ignorarlos y les diera tiempo de vivir. incluso hojas sueltas de la biblia en el capítulo 91 del libro de Salmos, versículo 5, donde reza:

No tendrás temor de espanto nocturno,
Ni de saeta que vuele de día;

Ni de pestilencia que ande en oscuridad,

Ni de mortandad que en medio del día destruya.

Nadie sabía exactamente cómo era el procedimiento de soñar con dientes caídos, llenos de caries, o en el dentista del pueblo, con encontrar a alguien en su último aliento. Si no se hablaba de ello, mucho menos era posible establecer la conexión entre las pesadillas de una mocosa de familia bien, venida a menos y su amistad con la muerte.

A doña Jacinta la encontraron en la cocina. Murió sentada en la mesita del desayunador mientras ponía la corteza superior de su famoso budín de plátano. Vivía sola desde que su único hijo se fue a la guerra. Nunca nadie se atrevió a contarle el verdadero final que tuvo. En lugar de darle la noticia al poco tiempo de partir, decidieron escribirle una carta falsa por año, justo para su fecha de cumpleaños, diciendo que la extrañaba y que todo estaba bien.

Don Eleuterio cayó por las escaleras del sótano. Cuando la niña blanca estaba despertando de una pesadilla donde gritaba “¡dientes! ¡DIENTES!” siendo zarandeada por una de las nodrizas, el padre del panadero del pueblo rodaba como los bollos franceses que habían hecho famosa a su familia por generaciones. “Infarto fulminante” dijo el médico.

Ese médico bien sabía de infartos porque semanas antes había enterrado a su hermano mayor. Medio hermano, la verdad. Hijo de su padre con una lugareña varios años antes. Por más que trataron de aparentar que al llegar al pueblo con su señora, ya traían al niño; era bastante obvio que con ocho años de diferencia entre ambos, era hijo de bastardo. La santa madre del doctorcito, doña Abigail, se mantuvo en esa versión hasta su muerte. Incluso al confesarse en su lecho de enferma, el padre Avelino fingió no saber nada y le dio la bendición de inmediato antes que la niña tuviera otra pesadilla con sus dientes de leche y el padre tuviera que salir corriendo a otra visita.

Así pasaron los asustadizos vecinos un buen tiempo. Se reunían en diferentes casas para hacer rezos, compartir recetas de quemas, incienso cuando había algún recién nacido, prestarse hierbas y biblias cuando estaban en tiempos precarios y comprar las velas rojas que estaba haciendo Balbina, tátaranieta de una de las fundadoras del pueblito, quien acababa de salir del novenario de su madre; pero había decidido usar luto riguroso. Más por su soltería que por la muerte cercana.

Esa noche todos durmieron bien. Después de varios años de angustias nocturnas, murmuraciones vespertinas y pordioses en cada esquina, esa noche todos durmieron bien. Unos con sobredosis de té de floripondia, otros con intoxicación leve de humos que mezclaban hierbas aromáticas para evitar insomnio, otros simplemente cansados de rezar a la luz de las velas rojas. Tan tranquilos y en paz, que ni siquiera se dieron cuenta a la mañana siguiente del alboroto que causó la muerte de la niña blanca.

Como pudieron, la familia logró pagar a un amigo del doctorcito para que llegara de un pueblo vecino y más evolucionado a hacerle una autopsia a la casa. Lavó la mesa de madera de la cocina donde estaban las piezas de pollo descuartizado que dejaron listas desde la noche anterior para celebrar su cumpleaños número 6, le dieron mantas blancas recién hervidas para no contaminar su cuerpecito blando con los instrumentos sucios:

_”Arsénico”, dijo con voz ronca el médico visitante.

 

Relato inventado para el blog nongirlyblue.blogspot.com inspirado en ‘Rock and roll dreams come through’ de Meat Loaf

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