Frutas y flores

439, 440, 441, 442… Llevaba caminando cuarenta días. Y quien lo veía de lejos, pensaba por un segundo que su semblante era bíblico: andrajoso, con el cabello largo, sucio y enredado, descalzo, dos harapos cubriendo las partes que podían, amarrados con un trozo de cordel hecho de nudos y recitando salmos.

También llevaba su garganta hecha de nudos. Se sostenía con los pies sujetos a las posibilidades de seguir; pero algo debía cambiar. No podía continuar el mismo camino y bajo las mismas circunstancias.

– “Alguien dijo que para obtener resultados diferentes, había que hacer las cosas diferentes” -pensaba mientras contaba los pasos de cada pie- “765, 766, 767…¿Quién fue el que dijo eso?, ah! no importa, de seguro no estaba tan loco como yo, 768, 769, 770…”.

Avanzó hasta llegar a una esquina donde el semáforo siempre está arruinado. Los chicos que limpian los parabrisas a los autos que hacen alto, suelen arruinar la caja automática para ser ellos quienes den vía y lograr un par de monedas más. se sentó sobre un muro bajo que separa el parque sin árboles del Hospital Central. Se movió con las manos para sentarse bajo la poca sombra que da un poste de tendido eléctrico sobre el muro y observó:

– 7 niños con la ropa sucia igual que la suya
– 3 perros. 1 cojeando de la pata derecha trasera
– 1 ambulancia en contrasentido con la luz roja girando y haciendo un ruido infernal
– 2 policías de la militar viendo a una anciana tratando de cruzar y sin ayudarla
– 2 pies con sandalias. Los suyos; pero sin saberlo
– 1 bolsa con fruta a la que abrazaba con dos brazos que no sabía de dónde salían

Cuando el poste de tendido eléctrico dejó de darle sobra por el ángulo del sol, saltó del muro y se internó en el bosque inexistente. No lograba recordar si los árboles desaparecieron antes o después de ese último trago de aguardiente.

Identificó el camino de piedras que habían creado para rodear los columpios de los niños en el parque y decidió seguirlo. Cerraba los ojos para seguir contando los pasos de cada pie: “987, 988, 989, 990…” y para que su cerebro le ayudara a crear árboles, los que extrañaba de la infancia, brisa, risas, el rostro de la niña del instituto que se casó con otro, cuatro meses después que le gritara borracho por primera y última vez. Rostro que confundía con el de su madre arrullándolo muchos años atrás al caer de un árbol para conseguir la fruta que ahora roba y almacena en esa bolsa que abraza. 991, 992, 993, 994…

Alguien le avisó que al seguir el camino de piedra del área de niños en el parque ele hacía caminar el círculos. Veía al guardia de la zona hablarle; pero no escuchaba sonidos, estaba ocupado oyendo la voz de su padre repetirle que era un fracasado y la niña del instituto diciendo “me caso con Rodrigo, no te quiero volver a ver”. El guardia entendió que le hablaba a una pared y tuvo la compasión suficiente para dejarlo caminar en círculos sin avisarle a los policías militares de la esquina. “Quien no está en este mundo, no puede ser peligroso”, pensó guardando su escopeta.

La noche lo encontró sentado en el columpio quebrado. Estar colgando de lado le daba la sensación de tener a su madre cubriéndole la espalda de nuevo mientras le sobaba las manos y la cabeza. El otro guardia de turno le ofreció agua y que por favor se retirara del parque o llamaría a servicio social para que lo llevaran a un hospicio o al hospital psiquiátrico, que estaba a la vuelta del Hospital Central.

Sin soltar su bolsa de frutas, le dijo “mamá no te vayás, 995, 996, 997…”. El guardia lo observó en silencio intentando decidir qué problema tenía. Por radio de onda corta llamó a la base y contó lo que pasaba. La indicación fue clara: llamar a alcohólicos anónimos y que ellos decidieran qué hacer.

Varias semanas después, cuando abrió los ojos y preguntó dónde estaba, la señora con nariz de gelatina y vestida de blanco le dijo que llevaba semanas con sedante para desintoxicarlo y salvarle la vida. Que seguían estudiando su hígado por si comenzaba a fallar; pero que era buena señal que abriera los ojos y le saliera voz de su garganta quemada.

El psicólogo que tenía asignado le aconsejó hablar con sus padres para comenzar a resolver dudas y sanar dolores. Entendió que su pasado lo seguía controlando y le pareció buena idea; pero no se acordaba dónde estaban y necesitaba que lo llevaran.

El psicólogo se saltó un par de reglas para meterlo a su auto y salir de la clínica en horario de almuerzo. Antes de llegar hicieron una parada. Todavía abrazando la misma bolsa llena fruta que hoy le daba la clínica, le preguntó a su acompañante:

– “¿Para qué las flores?”
– “Para tus papás”
– “Pero ya les llevo fruta”
– “La fruta es para vos; las flores para ellos”

29 cementerio int ok

 


Relato para el blog de Non-Girly Blue inspirado en la canción ‘Magic’ de Coldplay

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