Huevos

La noche del miércoles 27 de febrero, salí de una clase a las nueve de la noche y con un compañero, que también es mi vecino, decidimos ir a comer algo cerca antes de irnos a casa.

Me pidió detenerme en un cajero automático cerca de las Fuentes Beethoven. Por ser eje preferencial, me estacioné a la orilla de la calle con medio auto sobre la acera ya que el parqueo del banco tenía puesta una cadena. Puse las intermitentes, y en lo que mi amigo corría al cajero, se acercó a la ventana de mi lado, una señora.

Estaba oscuro y le calculé unos cincuenta años de edad, falda larga café y arrugada, una blusa roja de mangas cortas, sandalias sucias y una bolsa llena de diademas y ganchos para el cabello hechos de forma artesanal. Traía una intensa expresión de afligida.

Me ofreció su venta:

-“Niña, cómpreme algo”

Le dije que no andaba ni un dólar en efectivo, que esperara a que mi amigo regresara…

-“Entonces regáleme lo que tenga, no importa”

Le pregunté si tenía alguna emergencia…

-“Lo que tengo son hijos. Y viera qué difícil ser mamá y papá al mismo tiempo”

Me quedé callada y ella siguió:

“Voy hasta San Martín y no se imagina lo triste que es no tener ni para llevarles un huevo y que cenen. Deme una monedita aunque sea para el pasaje de bus y poder regresar”

[…]

 

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