La señora del pan

Se levantaba a las cuatro y media de la mañana todos los días, incluyendo fines de semana.

Dormía en camas separada con su marido a quien amaba como el primer día; pero él tenía mal dormir: aunque estuviera profundamente dormido, lanzaba brazadas y patadas como si estuviera en competencia de nado en estilo mariposa.

“Pero solo nos separa la mesita de noche”, decía con tono pícaro.

Daba ocho pasos y llegaba a su tocador. Su marido lo había mandado a hacer donde un carpintero de la zona. “Madera blanca de la mejor”, había pedido varios años atrás cuando construyeron esa casa para comenzar su vida juntos.

Tomaba su gorro plástico para evitar que se dañaran sus rizos con el agua y se dirigía al baño. Era un cuarto de baño bastante amplio por la falta de paredes. La bañera estaba expuesta ante el lavabo y el lavamanos, desafiando el pudor de la época. El piso era una mosaico de azulejos en diferentes tonos de amarillo, al igual que las cuatro paredes solitarias que abrazaban ese lugar extraño.

Se quitaba su camisón de dormir, y se sujetaba de una barra de hierro puesta especialmente pensando en ellos mismos para cuando llegaran a la edad de oro.

Tomaba su ducha mientras abría la pequeña ventana que daba al cielo. Cuatro vidrios horizontales sujetos a una manecilla giratoria. Una ventana que estaba en lo alto de la casa y ver a través de ella significaba el deleite de las nubes y las tórtolas que siempre buscaban esa esquina de la casa para anidar.

Se enjabonaba con una marca especial que compraba en el mercado. Unas cajas amarillas con la silueta de un gato negro. “Prefiero oler a jabón y no a frutas”, pensaba.

Terminaba su ducha llena de trinos y mientras se secaba con su toalla favorita, pensaba en la mezcla de pan.

Finalizaba su ritual en el baño de mosaico amarillo, se vestía siempre con el mismo tipo de vestido de manga corta y ruedo hasta las rodillas, un cincho hecho de la misma tela del vestido, que la costurera vecina le confeccionaba y donde ella se colgaba el manojo de llaves de todas y cada una de las puertas de la casona, sandalias abiertas como si fuera monja franciscana y medias que debía quitarse cuando encendía el horno del pan porque no aguantaba el calor.

Bajaba hasta la cocina donde saludaba a sus dos ayudantes ya vestidas con su delantal para evitar el baño de harina y guantes para evitar contaminar el futuro pan. Se repartían las mezclas, las tazas medidoras, el papel encerado, la mesa de trabajo y quién debía estar pendiente de la radio “porque el pan hecho con alegría sabe mejor”.

El despacho de ese día:

10 bolsas de pan de caja normal

10 bolsas con  8 pan francés cada una, porque la demanda había bajado

5 bolsas de pan de caja hecho solo con semillas, porque nadie entendía ese sabor avanzado

20 bolsas de pan de caja integral. El producto especial de la casa

Cada maqueta de pan que salía del horno -y para entonces ya ninguna de las tres mujeres tenía sus medias puestas- se metía bajo una cortadora que dejaba las rodajas perfectas y después se envolvía en un rollo de plástico transparente que era cortado con una prensa selladora. Se le pegaba una viñeta con el teléfono para recibir más pedidos y se ponían los paquetes en canastas de plástico -parecidas a donde va la ropa sucia- para ir a repartir cada orden.

Así pasaba los días. Así pasaron los años.

Entre pan de leche y el integral vinieron los hijos. A todos les compró la tela del pañal con lo que ganaba del pan de caja. Todos fueron a la escuela gracias al pan de caja. Todos tuvieron sus juguetes, zapatos, el primer televisor de la casa, los chocolates cuando iniciaron los amores, el alpiste para las tórtolas que llevaban generaciones anidando por la ventana del baño amarillo, el pago de las ayudantes que se turnaban la música en la radio y hasta las medicinas para cuando ella enfermó y sus hijos descubrieron miles de monedas en botellas. Todo gracias al pan de caja y a la mujer de los rizos intactos que se duchaba temprano y le cantaba a la harina para hacer feliz a los demás.

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Blog escrito para el sitio Non-Girly Blue, inspirada en la canción de la semana: ‘Con nombre de guerra’ de Héroes del Silencio

 

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