Cabeza y estómago

Uno no sabe de lo que es capaz hasta que toca hacerlo… y hacerlo bien!. A veces pasamos demasiado tiempo con una voz en el oído que nos dice

“No se puede”

“No vale la pena”

“Es muy peligroso”

“¿Para qué?!”

“Si antes no se pudo, ahora menos”

“No vas a poder solo”

Y un largo etcétera que nos va frenando de  intentarlo.

Son voces que nos instalan de pequeños para ‘razonar’ las cosas. Pero ese lado del cerebro se graba como en piedra y no logra distinguir lo que queremos, de lo que podemos. Nos quedamos con esos mandamientos de la razón a su libre albedrío como freno de caballo.

Alguien me dijo una vez que la conciencia no está en la cabeza, sino, en el estómago. Cuando uno siente miedo, lo primero que se contrae es el estómago. Igual la alegría, tristeza, ansiedad y todo tipo de conflictos…

Eso me hizo recordar las ceremonias de algunas culturas de Asia, sobre todo en Japón, donde hablan tanto de la ‘honorabilidad’ de la familia y cuando uno deshonra ese honor, se quita la vida con el harakiri («corte del vientre») es el suicidio ritual por desentrañamiento. Me hizo lógica lo que se hizo famoso con las películas: cortar el lazo que te dio la vida (ombligo, familia) y lo que te mantenía con vida (tu ser) cuando has dejado de ser impecable con tus acciones.

Ahí está la conciencia. Esa voz que te impulsa o frena para hacer, decir u omitir algo.

Entonces, ¿en qué momento metimos la cabeza? y ¿en qué momento la metimos tan llena de basura?. Una frase que me gusta mucho de los pensadores de esa región del mundo, es “Si lo que tienes en tu cabeza tiene algún valor, ¿qué tipo de inquilino dejas habitarla?”

Resulta lógico que si hacemos limpieza en nuestra casa todos los días, cada dos días o al menos una vez a la semana, hagamos lo mismo con nuestro cerebro que acumula desperdicios más rápido que una casa.

A muchos les funciona el deporte, el ejercicio físico que ayuda a ‘despegar’ los pensamientos inútiles que estaban como melcocha en la cabeza. Otros se pierden en alguna película o paseo. Cambiar de ambiente y romper la rutina ayuda de alguna forma a pensar y sentir diferente. Otros van a la iglesia, hacen servicio social, estudiar algún curso de idioma o tratan de obtener nuevos conocimientos. Otros se abandonan a algún vicio (sustancias, juegos, adrenalina, compras) que ayuda a bloquear ese nudo permanente en el estómago…

Pocas veces tenemos tiempo para nosotros y cuando lo tenemos, lo usamos como podemos y como mejor nos sintamos. Pocas veces nos retamos. No queremos oír de nuevo esa voz que nos hace sentir mal y mucho menos sentir esa emoción desde el estómago que nos refuerza que tenemos algo no resuelto.

Hace muchos años me pusieron un ejercicio para aprovechar un momento de soledad en casa, sentarme frente al espejo en silencio total. Fatal. Esa angustia me duró dos meses y fue como quitarle la tapadera a la olla de presión. El estómago me hizo erupción con emociones que no había querido resolver por años!

Ese espejo mostraba lo que yo pensaba que debía ser, porque los demás esperaban eso de mi, sobre todo en mi trabajo en medios de comunicación (con el agravante de ser mujer). Luego me quité el espejo y me quedé viendo la pared blanca para no meterle ningún prejuicio ni ‘deber ser’ al ejercicio. Entonces me quedé solita con mi cabeza, mi estómago y la guerra entre los dos. Difícil; pero mucho mejor. Sobre todo si antes se hace ejercicio físico y ya estás cansado. Así se calla la mente y queda solo el estómago. Mucho mejor.

Mi profesora nos contaba que las mujeres embarazadas tienen una comunicación perfecta con su crío en el vientre. El lenguaje no verbal es perfecto y ambos saben lo que necesita el otro. Eso también es posible con los no-embarazados (hombres también) porque en el vientre está el verdadero yo. Solo hay que callar la locura de la cabeza y ser valiente para enfrentar lo que va a salir.

¿Se animan?

1. Ejercicio físico para callar la cabeza

2. Soledad y silencio para escuchar al estómago

3. Entenderme y resolver

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