El perro

Inicié el día escuchando a un compañero de trabajo contarme su emergencia: lo mordió un perro.

Apareció en la redacción con su mano derecha vendada (si hubiera sido zurdo, el perro le habría mordido su mano izquierda!)

Todos corrimos a preguntarle cómo seguía, qué había pasado, cómo estaba… y su historia fue así:

Salió de su casa a las siete de la mañana para el trabajo, y al pasar por la casa de al lado -habitada solo por un perrote- una señora que llega eventualmente a hacer limpieza, dejó la puerta abierta y el animalón escapó, encontrando a su altura y en el momento justo, la mano de nuestro compañero que iba pasando.

Le mordió una parte del dedo gordo y el índice desde la palma de la mano, desgarrando solo un trozo de piel. Y digo ‘solo’ porque pudo ser peor con tantos tendones y músculos masticables,

Mi compañero cambió de rumbo y se dirigió a una Unidad del Seguro Social, según aparece en su comprobante del ISSS la zona donde debe asistir. Llega a las siete y media de la mañana, le preguntan datos y pasa a la sala de espera.

Joaquín Sabina dice en una canción: “esta sala de espera sin esperanzas…” y en eso se convirtió esa silla hasta las once y media de la mañana que alguien lo pasó a un cubículo para examinarlo.

La primera pregunta: “¿cómo está el perro?”.

Bueno, mi compañero ya sabiendo parte del proceso ante estas emergencias caninas, dijo que consultó con el dueño del perro feroz y éste le dijo que hace más de un año no había sido vacunado contra la rabia, tampoco para cualquier otra enfermedad.

El médico que lo examina detrás de la cortina, hace una llamada telefónica:

– “Aló? Mirá… para una mordida de perro en la mano y… ¿ajá?… no mucho. Pero el perro no esta vacunado desde hace más de un año…sí… -cuelga-

“Apues mire, dice mi compañero que no es necesario que lo vacune en el ombligo, que solo hay que tener al perro en observación”

-“Pero el perro no es mío” – insiste el paciente (que ya no merece el nombre de paciente para ese momento)

– “¿Pero son vecinos, veá?, hay que tenerlo vigilado. Y cuide que no se escape porque si lo atropella un carro o alguien le da bocado, no vamos a saber por qué causas murió el perro”

Mi compañero hace silencio tratando de entender. Nosotros que lo escuchamos, también.

-“¿Tengo que observar al perro?… ¿yo?!”

– “Sí -dice el médico- que no tenga espuma en la boca, que no camine con temblores, que no tenga más sueño de lo normal y que…”

– “…pero yo trabajo…” -dice, pensando en lo absurdo que se estaba poniendo el tema- “¿alguna autoridad no puede hacer eso?”

– “Mejor hágalo usted que sabe del perro y ya lo conoce”

– “Vaya. ¿Cómo me van a curar?” -trata de avanzar en la consulta

– “Le voy a dar amoxicilina tomada como antibiótico para evitar infección en la herida”

– “¿Y qué más?, ¿me van a dar puntadas?” -Viendo un trocito de piel desprendido

– “La herida no es profunda, no los necesita”

– “¿Y la receta me la va a dar usted?”

– “¿Receta? Solo tómese estas dos pastillas y no necesita nada más”

Mi compañero de trabajo nos terminó contando que ya era más de la una de la tarde y sin haber desayunado ni almorzado, decidió regresar a su casa a terminar de convalecer. Del susto por el perro, del dolor de la mano y de la frustración de la consulta.

Solo tiene un algodón cuadrado cubriendo la herida y una venda para detener el algodón. Dice que se está poniendo una crema que encontró en la casa para ayudar a cicatrizar y luego se pondrá sábila para evitar cicatrices.

Perros rabiosos

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