Te dejo pasar

Me he tardado un poco más de dos años en entender la frase: “dejar pasar”.

Sí, puede sonar a una campaña de educación vial para promover que los ciudadanos que somos violentos hasta en los semáforos, cedamos el paso a peatones y otros conductores; pero me refiero a dejar pasar situaciones.

Ese ‘dejar pasar’ de emociones negativas y apegos. Dejar pasar angustias y malos recuerdos. Que venga un pensamiento sin uso ni razón para mi beneficio y simplemente, dejarlo pasar. Dejar pasar incluso lo que supongo del futuro.

Que pase. Que no se quede. Dar un paso al lado, quizás agachar un poco la cabeza o mover el hombro para que no te toque y que siga de largo.

Soy de una personalidad difícil -para ser suave conmigo misma- y soy bastante aprenhensiva con las preocupaciones. Imagino una situación siempre por lo peor y no lo hago con intención. Solo pasa.

Después de muchos caminos para tratar de borrar ese ‘chip’ mental, encontré una filosofía que se basa justamente en ser un ‘atleta’ de emociones y saber poner freno a tiempo. En dejar pasar.

Difícilmente uno cambia la personalidad con la que nace; pero puede aprender a molderarla. Quizás nunca dejaré de imaginar siempre lo peor; pero puedo evitar que me afecte como antes.

Mientras he ido aprendiendo a limpiar mi cerebro para que no ensucie mis emociones, he visto que la gente que me rodea y las situaciones en común, también se limpian. Mi maestra me lo advirtió. Me dijo: “a la gente no le gustará verte centrada en tí y que pongas límites. La gente buscará que regreses a como eras antes”.

No le creí. Supuse que si alguien te quiere, te acompañará en cualquier cambio que tengas. Pensé que si en verdad hay cariño sincero, se alegrarán de verme más tranquila y menos abrumada por detalles irrelevantes.

Pero tenía razón. Cuando uno pone límites, iniciando por uno mismo, más de alguien se sentirá relegado, excluido de esa tranquilidad, con celos por pasar más tiempo dentro de uno en lugar de seguir viviendo hacia afuera. En dedicarse más tiempo a barrer el cerebro, entendiendo que ninguna situación es buena o mala, solo que las necesidades de paz van cambiando y demandando más espacios limpios y vacíos y menos congestionados.

“Observarse cada segundo”  decía mi maestra para no caer en la tentación de juzgar y sentirse superior por nada. Todos estamos en la misma línea de existencia y estamos conectados. Lo que le pasa a alguien, me pasa a mi. La bomba que estalla en medio oriente, estalla en mi casa. La soledad de un niño, es la mía. El odio hacia alguien, también lo recibo yo. Por eso el planeta ya no aguanta, porque somos unas hormigas malagradecidas hartándole las raíces. Pero ese es blog aparte.

Pero que esa interrelación entre todos los que existimos (incluyendo plantas y animales) no me afecte si yo no lo permito. Si lo que viene a mi, no me sirve para estar mejor, aprender, crecer y seguir ayudando a otros, hay que dejarlo pasar.

El camino (viaje, vida) de los demás, no es el mio y no tengo porqué esperar que otros acepten mis necesidades como suyas.

Cualquier líder dirá que si alguien te hace sufrir, es porque su sufrimiento interno le rebalsa y te salpica a ti. En lugar de castigarlo, necesita ayuda y compasión… Yo no he llegado a tal nivel de humildad y quizás necesite cinco vidas más para experimentar eso. Me conformo por el momento con aprender a verme y darme cuenta cuándo me quedé con algo que no me sirve y soltarlo cada vez más rápido.

Cuando alguien te insulta, grita, demanda, chantajea, etc, es como un río que tiene una crecida inesperada. Usualmente uno trata de defenderse de inmediato. Por ego, comenzamos a delegar responsabilidades y evitar que la crecida nos arrastre. Nos defendemos atacando o siendo víctimas. La verdad es que ninguna estrategia funciona. Es como tratar de detener ese río crecido con las manos.

Que pase. Que fluya. Cuando la corriente es inevitable, me hago a un lado. Cuesta mucho porque es más fácil pensar “yo puedo detenerlo”, “si me aparto, el río gana y yo soy mejor!”.

Si me observo y aprendo a dar un paso a otro lado, dejo que arrastre todo menos a mi. Cuido mis fuerzas para cruzarlo o después de la tormenta veo que no era mi camino y puedo buscar otro río con la certeza que sigo intacta y no permití que se llevara nada de mi.

Cuando uno pone límites, los explica y los activa desde el cariño, ya se hizo el mayor trabajo. La reacción de la otra persona no depende de mi. No depende de mi que me entienda, que me acepte, que me ignore, que me tenga empatía o hable mal porque no hice lo que quería. No es mío ese sentimiento que genera mi límite. Si mi intención ha sido la mejor, ahí me quedo. No puedo irme y seguir pendiente de lo que el río arrastró porque sería como no haberme ido.

¿Qué cosas que no son mías sigo llevando? Porque cada uno cuida su techo y aprende a sostenerlo. No puedo ser pilar de un techo ajeno.

¿Estoy fluyendo o he construído diques? Porque el agua que no fluye, se pudre.

¿A cuántas corrientes he sobrevivido; pero me siguen importando? Porque eso es como haberme ahogado y volverme a ahogar con cada recuerdo.

Al final de esas primeras clases de mayo de 2012, salí con la esperanza que un día me sirviera lo que acababa de escuchar. Pensando si mis defectos me iban a permitir soltar y dejar pasar. Veo el libro sobre mi escritorio mientras escribo y sonrío.

Libro

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