Asfalto

Los aires acondicionados gotean calor sobre la acera que hierve. Mediodía con sensación de costa en domingo.

La calle alterna y tranquila ahora es principal. Baja las dos gradas de la entrada y se dirige al comedor de la esquina. El ‘Virgen de Guadalupe’ que está a la par del parqueo público ‘Santos’. Curiosidades de ciudad católica, piensa.

Podría quedarse almorzando en el comedor al lado de su trabajo; pero una vez le cayó mal la comida, probablemente la lasaña de carne que dios sabrá de dónde sacaron la salsa tan espesa, y pasó con cagantina por cuatro días. Si al menos hubiera bajado unas libras para ponerme el pantalón que me gusta, pensó después de leer los rótulos de nombres religiosos.

Avanza sobre el asfalto que echa vapor por las gotas de aires acondicionados de las oficinas que dan a la calle. A tres metros va el bus con el doble permitido de pasajeros. Como que son sardinas enlatadas, dice en voz baja mientras salta los charcos y esquiva las lozas levantadas por las raices de los árboles que se abrieron paso en el cemento como pudieron.

¡Adiós cosita! – le dice un vigilante con escopeta para matar elefantes. Sentado en una silla de oficina, de esas que tienen ruedas; pero ésta ya no tiene. Ni relleno de espuma, ni costuras en su puesto. Una silla que parece el doble de la edad del lascivo guardián de uno de los edificios más antiguos de la cuadra. Ese que ya no tiene vidrios en las ventanas, sino plástico mal pegado.

Se detiene al llegar a un portón de hierro negro con el rótulo de “$2 hora o fracción” para ver que no salga ningún carro que pueda apachurrarla. Al detenerse respira el humo de la plancha de tortas mexicanas que comienza a despachar los primeros almuerzos nada nutritivos para una fila de cinco secretarias de la zona. Todas delgaditas y con uniforme de corbata simulada. Como las que atienden en los aviones. A ellas sí les quedaría mi pantalón, piensa frunciendo el ceño.

Termina de salir el carro que pudo haberle pasado sobre el pie si no se detenía a tiempo, y sigue su camino hacia el Virgen de Guadalupe.

Mira a su derecha y observa al conductor del bus de la ruta 101 que ahora debe pasar por ahí por los trabajos de nuevo asfalto en la calle donde antes circulaba. Es un hombre en sus cuarentas, color canela quemada y brazos gordos y cortos que reposa cruzados sobre su barriga prominente. Ella esboza una sonrisa de burla de pensar que el hombre pudiera tener ocho meses de embarazo y se pregunta si lo rojo de sus ojos será por el calor o por haber consumido alguna sustancia que lo ayude a trabajar de cuatro de la mañana a nueve de la noche, así como salen las noticias de conductores drogados en los noticieros locales.

Por ir pensando en la vida personal del conductor de bus, choca su cadera con el espejo retrovisor de uno de los quince vehículos parqueados de ese otro edifico que por no tener parqueo propio, usa la acera para sus clientes y deja sin camino libre a los peatones. Esquiva un segundo retrovisor, una llanta mal doblada, el tercer retrovisor, sume su abdomen para hacerse más flaca y pasar entre los últimos dos carros que parecen ballenas encalladas.

De inmediato encorva su espalda para que una rama despeinada del árbol torcido no le pase deshaciendo el moño que tanto le costó hacerse en la mañana.

Vuelve a erguirse como la pantera rosa y da los últimos pasos para el Virgen de Guadalupe. Hay seis personas haciendo fila. Es el comedor más popular por su sabor de cocina casera y porque es el único de la zona que no ha provocado cagantinas en sus clientes; a pesar de ver el color del agua con la que hacen los jugos naturales. Naturales… piensa con sarcasmo.

Llega una señora de la cuarta edad y se queda de pie a su lado. Le llega a la cintura. Ella la ve hacia abajo y le sonríe. Le cede su lugar pensando que la abuela tendrá más hambre y menos tiempo que ella y estando en el Virgen de Guadalupe, no vaya a ser que la juzguen y no entre en el cielo.

Avanza la fila y huele a pescado. Hace una mueca de informidad entendiendo que ese puede ser su almuerzo. Efectivamente la sopa de pescado con hojas de chipilín aparece frente a ella. Recuerda que su mamá le decía que tiene mucho fósforo y eso es bueno para la mala memoria. Piensa que su mala memoria es por ocuparse de tanta cosa al mismo tiempo y que necesita descansar, no una asquerosa sopa de pescado con hojas verdes que se pegan en los dientes.

Que si va a querer media porción, pregunta la despachadora de la fila. Sí; pero de frijoles con verduras, no de sopa, por favor. Que está bien rica insiste la otra. Gracias pero no, responde seria acordándose de su madre y abuela que devoraban de eso mismo una vez a la semana.

Son tres dólares con cincuenta centavos. ¿Juguito natural va a querer?, le pregunta la que cobra. Fantasea que el jugo está hecho con el agua que gotean los aires acondicionados que le llovieron en el camino y mejor pide agua embotellada, solo por si acaso su estómago decide incluirse en las víctimas de cagantina colectiva.

Emprende el viaje de regreso por toda la manzana. ¿Cómo está niña? le pregunta otro vigilante uniformado con camisa celeste, pantalón negro y una nueve milímetros en la cintura. Ella lo reconoce de inmediato: es el que la escolta todas las noches a la parada de bus cuando sale tarde de trabajar. Él no se mueve hasta que ella se sube y desaparece rumbo a su casa. Él es de esos personajes que nunca deja de sonreír.

¿Pero también trabaja de día? pregunta ella preocupada pensando en qué momento duerme, se ducha o ve a sus hijos. Así nos toca, responde con su sonrisa de dientes amarillos. Pase buen provecho niña, la veo cuando salga.

Siéntese a comer y coma en paz, le dice ella volviendo a esquivar los carros que parecen ballenas en la arena, haciendo un ocho con la cintura para no golpear los espejos retrovisores.

Llega a las gradas de la entrada principal de su trabajo y de lejos mira a un paletero en la esquina. Duda si comprar su postre en ese momento antes que se aleje, o primero comer para que no se derrita en su escritorio la paleta de frutas de la que tiene antojo.

Mejor después, decide, y si ya no está el paletero, mejor; así no aumenta gordura y empeora la situación del pantalón que no le queda.

Las raíces que abren paso en el cemento como pueden

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