Cosas

Muy cierto que uno no está consciente de lo que es capaz, hasta que toca hacerlo. Cuesta mucho ver como ‘maestros’ a los malos momentos y la gente que te pasó por encima para lograr su propio éxito. Pero lo son.

Cuesta porque estamos acostumbrados a defendernos, de todo y todos, incluso de las suposiciones, de eso que creemos pero no estamos seguros, defendernos de lo que nos contaron o escucharon, de algo parecido que le pasó a otra persona y nos dejó paranóicos por la coincidencia y cercanía, porque estamos en un mundo donde cualquier cosa puede pasar doblando la esquina y replicamos la vista de retrovisor en el campo de las ideas, solo por si acaso.

Cuesta no defenderse porque la vida no es fácil y es lo primero que aprendemos: a llorar para poder respirar, una nalgada colgando de los pies para que nuestro primer grito funcione. Esa forma de estrenarnos es muy simbólica. No nos educan para fluir, sino, para espantar.

No siempre nos advierten que la vida tiene amor y dolor. De lo contrario, la cruz solo tendría un palo y no dos. Creemos que todo está bien y en algún momento del camino nos perdemos a nosotros para encontrarnos con alguien más y se nos olvida recuperarnos. Nos olvidamos y comenzamos a vivir de la piel hacia afuera. Llenándonos de cosas para llenar vacíos. Vacíos que crecen y nos tragan. Vacíos que nunca trabajamos para repellar. Cedemos al estatus exigido por otros: éxito, poder, casa más grande, auto más caro, vestuario imponente… que está bien; pero por razones equivocadas.

Nada es bueno ni malo, solo es. Es nuestra interpretación e intención lo que nos genera karma o dharma. La ambición debería ser necesitar menos para depender menos. La ambición debería ser permanecer agradecido, no vendido. Dejar de confundir el poder adquisitivo con la estabilidad…

Nos defendemos de malos recuerdos, malas experiencias, malas amistades, malas decisiones, el ego, la soledad, el dinero y su falta, los arrepentimientos, las necesidades, el golpe en la rodilla a los cinco años, las decepciones: las primeras en cada cosa y las últimas prometiendo no repetirlas, los prejuicios, lo que pensamos que es error de otros, lo que sentimos que fue personal… hasta que entendemos que todos estamos conectados y somos parte de la misma vibra de la vida y que nada permanece. (La Negra Sosa tenía razón: cambia todo cambia, cambia lo superficial y lo profundo.)

¿Nos damos cuenta cuando nosotros cambiamos? ¿nos adaptamos? y vamos más lejos: ¿lo disfrutamos?.

Lo que suponemos bueno o malo ¿realmente es a favor o en contra nuestra?. Si así lo sentimos -porque humanos somos y es válido sentir- ¿podemos apartarnos o poner límites sin sufrir… simplemente irse o dejar ir?, ¿movernos sin exigir que alguien más pague nuestras consecuencias o se quede cuando se quiere ir?. ¿Podemos vivir en silencio o necesitamos cantar para no sentir el nudo de la garganta que acostumbramos a ignorar?. ¿Sabemos respetar el espacio ajeno o invadimos para evitar la soledad?… ¿Qué hacemos para ignorarnos a nosotros mismos y aparentar que todo está bien?, esa lista es interminable.

Lo que se agradece o se sufre, debe soltarse rápido. Ni por alegría -y menos por dolor- se debe permanecer en el mismo lugar. Lo que se disfruta porque debe seguir fluyendo para compartirlo y que regrese con más fuerza, y lo que se sufre para no paralizarnos ante el dolor y nublarnos el juicio.

La costumbre es sujetarnos lo más fuerte posible a un buen recuerdo. Tanto que lo agrandamos y colocamos al centro de nuestra vida para que nos sostenga el techo de vidrio. El dolor lo colgamos detrás de puerta principal para untarnos el resentimiento nuestro de cada día y así salimos a la calle. Así juzgamos y criticamos, así enviamos indirectas fragmentarias esperando que al estallar, se incrusten las esquirlas de desprecio con el mayor daño posible.

Es difícil soltar la vida y dejar de defendernos cuando hemos crecido con ojos en la espalda. Cuando creemos que somos el sol donde deben girar los demás y nos deben por lo que hemos dado. Cuando nos damos cuenta que la vida no funciona así, estamos en una edad donde es duro aceptar que toda la responsabilidad es propia. La verdadera lealtad es hacia uno mismo: en cuidarse y superarse. Dejar de repetir lo mismo una y otra vez. Romper los errores circulares.  Y ninguna de las cosas con las que nos llenamos para evitar mejorar el alma que usa nuestro cuerpo, nos va a salvar de esa tarea.

Una maestra de psicología nos dijo una vez: “tenemos cosas y tenemos cosas pendientes. Hay que resolver las segundas para no necesitar de las primeras”.

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2 Respuestas a “Cosas

    • Gracias por leer Esme!! Son reflexiones que estoy haciendo por mis clases de psicología. Escribí lo que yo también estoy aprendiendo y cambiando.

      Qué bueno que te sea útil. Un abrazo

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