Teatro con T mayúscula

Madre mía! Comencé a escribir ésta entrada hace casi un mes y nunca la terminé! Falta de disciplina se llama eso…

—(Aquí comienza lo que dejé en pausa) —

Aclaro que la palabra Teatro siempre suelo escribirla con mayúscula. Porque así es el esfuerzo que se hace para interpretar historias ajenas: mayúsculo!. También Para hacer un montaje, coreografía, escenografía, ensayos, aprenderse los diálogos… y amar tanto las tablas que se ‘medio vive’ de hacer arte en un país como el nuestro, donde a ningún gobierno le importa una ley que regule y fomente ese amor. Por eso Teatro va con mayúscula.

Pues el sábado pasado –(o sea, a principios de septiembre. Qué vergüenza éste atraso)– me fui con unos amigos al espectacular Teatro Nacional (Nacional también con mayúscula porque es nuestro. Mio porque estuve ahí y porque es tan bonito, que sale natural ponerle la ‘N’ en grande)

Fuimos a ver Othello, en ballet. La dirección y el montaje fue por Alcira Alonso, más salvadoreña que argentina. Digo yo, porque a sus más de ochenta años, por sus venas corre más tinta azul que albiceleste.

Me dio mucho gusto no poder encontrar parqueo porque todo estaba lleno. Rebalsaban vehículos en el Centro de San Salvador un sábado a las seis de la tarde donde se supone que la gente “sólo anda de paso”. Pues pasamos la Plaza Barrios, Plaza Bolívar y dimos la vuelta en la Plaza Libertad hasta llegar a la Plaza Morazán para buscar el parqueo que lleva éste mismo apellido y nada, sin espacio alguno.

El amigo que conducía nos dejó en la entrada del Teatro para no perder más tiempo, nos bajamos las tres y el pobre conductor llegó a los veinte minutos!. Lo siento mucho por él; pero me alegró sobremanera la cantidad de gente que acudió al llamado de las puntas.

Terminamos en la sala del tercer nivel. Los acomodadores con gestos de preocupación. Muchos familiares de los talentos hablando en voz alta para lograr ubicar a su bailarina y tomar fotografías que les recuerden el momento de orgullo.

Inicia el ballet, se plantea el argumento. -“¿Y el programa?, ¿alguien trajo un programa? no recuerdo quién es quién en la obra” – se escuchó en mi oído.

—(Aquí retomo para concluir)—

Iniciaron también los recuerdos de algún momento de infancia donde intentamos bailar así, de puntas, moderno, contemporáneo, libre y alguien nos dijo al oído “estudia otra cosa, del arte no se vive”.

Y como somos salvadoreños y en actos culturales siempre ‘olvidamos’ (por no decir que nos vale) apagar nuestros móviles, los sonidos de llamadas entrantes y alarmas fueron acompañando muy a contratiempo la música de la obra. Lamentable que nos repiten veinte veces que apaguemos los celulares y siempre suenan. Y por supuesto que no suenan los ‘ringtones’ normales, suenan canciones de perreo, Luis Miguel o Arjona. Si fuera Bruce Springsteen quizás no me quejaría. Bueno, sí.

Y ni voy a comentar la cantidad de bebés llorando…

Acto tras acto fueron bailando en su drama los personajes de Shakespeare hasta que la pobre Desdémona muere ahorcada. A estas alturas yo ya tenía ganas de bajar los tres niveles del Teatro y subir al escenario a bailar, o al menos a tratar de vestirme con uno de esos trajes de principios de siglo milagrosamente adaptados a ballet. Me contuve, tranquilos.

Una belleza la capacidad de los artistas de crear escenarios de la nada y la del público de imaginar. Qué maquinita perfecta tenemos instalada dentro de la cabeza que nos permite conectarla a emociones, recuerdos y anhelos para construir escenarios sólo en nuestros ojos.

La cuestión es que fui al Teatro Nacional a ver Othello en Ballet. Al final salió la directora del montaje a saludar… varias veces porque no dejábamos de aplaudir. A veces como público también merecemos aplausos. No será este el caso por la cantidad de interrupciones sonoras.

Quien sí se merece los aplausos del mundo, es el Teatro Nacional. Por guapo y humilde. Por la cantidad de artistas que se expresaron de cualquier manera en sus tablas y espero que vengan miles más. Por los que alguna vez caminamos descalzos en sus alfombras por algún ensayo, por las risas y lágrimas que guardan sus butacas, sus baños que dan ganas de quedarse a vivir ahí (excepto en los baños del tercer nivel donde vive el fantasma de una señora; pero será otra historia) y porque ha sabido resistir los golpes del tiempo en cada columna y aún así, nos sigue dando la bienvenida.

P.S.

…y porque en una de esas columnas, antes de los terremotos del 2001 que lo cerraron para repararlo, entre los camerinos improvisados y el escenario, dejé escondido un beso infinito que sigue ahí.

Si me lees en otro país, te comparto fotos de quien sigue siendo de mis primeros amores:

¿Espectacular, verdad?

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2 Respuestas a “Teatro con T mayúscula

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