Las rosas de la abuela

Creo en hadas. Sobre todo en Adda

Bien, las rosas de la abuela.

Era una casona cuya parte ecológica consistía en dos jardineras simétricas y una tercera aprovechando el espacio que quedaba junto a la casa de los vecinos. Mi abuelo fue ingeniero y realizó todos los planos de la casa, por lo que mi abuela pidió gustos

Adda cultivaba todo tipo de plantas. Destacaba un higuero cuyos frutos nunca terminaban de llegar a la mesa porque mi abuelo pasaba cortando los higos según antojo. Al final de esa línea frutal estaba un limonero que se disputaba el apellido de pérsico o indio y nunca nadie se puso de acuerdo

Probablemente nunca vuelva a encontrar árboles frutales que sepan cuidarse solos como lo hacían los de esa casa. Estoy segura que fueron plantados bajo alguna amenaza de autonomía porque no recuerdo abono, jardinero o cuido especial y permanecían cargados de frutos. “La providencia de la buena vibra” diría mi madre

Luego estaban las dos jardineras. Esas donde Adda aparecía flotando entre hojas y tallos con una tijera especial de podar en las manos

Recuerdo mis primeras lecciones de botánica. A mis siete años me llevaba de la mano para indicarme que esas pequeñas de ahí se llaman corazón por la forma y color de la flor, las de allá son bastón del emperador porque se parece a los dibujos de los cuentos y son las preferidas de los hoteles en sus arreglos, las que están a la par les decimos listones porque a saber cómo se llaman y así es más fácil de acordarse. Movete de este lado para no pasarle encima a éstas delicadas que si les da el sol se mueren, el orégano para bajar la hinchazón de pies cansados y las hojitas de allá abajo que son buenas en sopa…

Las rosas iban desde unas miniaturas color anaranjado simulando origami hasta las consentidas de la casa: unas rosas gigantes tan blancas que daban ganas de dibujar en ellas

Adda les hablaba, a todas. A las rosas payasitas les cantaba porque decía que el ritmo las ayudaba a florecer con más de cuatro colores en cada pétalo. Las rosadas eran aplaudidas para que se sintieran motivadas al tener público, las amarillas recibían más piropos porque simbolizaban la amistad y las rojas eran reprendidas de vez en cuando “para que no se pasen de indecentes con el color. No quiero rosas peperechas”

Todas tenían sus propios méritos y rutina de belleza. Como mi abuela.

Ya les había contado que las rosas blancas gigantes eran sus consentidas. No terminé de entender ese favoritismo. Supongo que el tamaño de cada rosa se lo adjudicaba como un logro personal y el perfume era realmente encantador. Bastaba pasar cerca o simplemente sentarse en el sofá de la terraza para sentir ese olor que por alguna razón, no tenían las otras

Cuando alguien decía: “qué rico el perfume de las…” -“Son las blancas!” interrumpía mi abuela. Nadie se atrevía a contradecir semejante devoción

Debo ser sincera y aceptar que nunca creí que esas blancas fueran las ungidas de todo el rosal. El tiempo se encargó de darle la razón porque cuando murió, fueron las primeras en extrañarla. Unas caían del tallo siendo botón y las que lograban florecer, tenían un misterioso tono gris en la orilla de cada pétalo. Ningún jardinero encontró lógica o mito que pudiera explicar esa línea gris. Ahora, cuando necesito ayuda o le pregunto algo a mi abuela, invariablemente se hace sentir con ese mismo perfume de sus rosas blancas. Duda resuelta

A veces cuando paso cerca de la casona, vendida hace muchos años, me dan ganas de bajarme y pedir permiso para dar una vuelta entre las jardineras y ver qué fue de las rosas de la abuela. No me atrevo por el miedo a darme cuenta que ya no existen y que cualquier otra planta profana esa tierra donde vi mi primera lombriz

Mi jardinera espiritual mantiene intacta a una abuela materna que conocí poco porque el universo necesitaba llevarse a esa experta en plantas. Pero debo agradecerle los dos años que ayudó a mi madre con una enana que jodía por no querer comer ejotes con huevo, que a veces lloraba sin razón aparente y que veía fantasmas en la bodega

De ella aprendí a disfrutar y respetar el color verde natural y a creer en todo tipo de artimañas sin sentido para que el árbol crezca dando frutos más grandes que los del vecino, para que la lluvia no lave el color de las rosas y para abonar la tierra con canciones. En mi casa actual tengo un par de rosales dedicados a ella… aunque no lleguen ni a la mitad de bonitos como los de ella

Creo que todos llevamos una jardinera en el alma con los abuelos sembrados ahí

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7 Respuestas a “Las rosas de la abuela

  1. Estas agarrando ese poder mágico de hacerme llorar con post melancólicos.
    Mi bisabuela cultivaba las rosas, itzoras y flor de las once, limón, huertas, mora y hasta tomates tuvimos en una época.
    Una vez se fue, por esa manía que tienen allá arriba de llevarse abuelitas jardineras, nuestras flores se fueron murieron de a una hasta que ya no quedó nada, excepto la Itzora, traída de la casa de mi abuelo – su hijo – que ha sobrevivido 29 años a la buena de Dios sin que nadie le ponga ni agua…quizá sea ella quien desde allá la siga cultivando.

    PD: yo había comentado en las pecas, pero por alguna extraña razón el comentario se esfumó. WordPress, tú muy mal.

  2. Ivonne,
    No tuve el gusto de conocer a tu abuela, pero si a tu abuelo, allá por el gimnasio Magaña. Algún día nos encontraremos y te comentaré anécdotas con tu mamá y con tu abuelo.
    Me gustan las rosas, mas no los rosales.
    Con tus líneas me transportaste, te vi junto a tu abuela recorriendo el jardín y visitando cada planta. Escenas de vida inolvidables en nuestras memorias de infancia, ratos mágicos con los abuelos, sabiduría enorme sobre la vida, amor incondicional, presentes en nuestro corazón y en nuestra alma.

    Gracias por este viaje………

  3. A medida que más la conozco más me sorprende como logra conectarme con lo que escribe, parece que nuestras infancias tuvieron elementos comunes o quizás sean nuestras mentes las que se parezcan, aunque claro no puedo recoger esas experiencias en historias tan hermosas, felicidades

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