…de papá

Estaba en la ducha, tenía 7 años y me encontré la primera. Bueno, la primera visible. No sabía si era algo bueno o malo. La verdad es que a papá siempre le vi muchas y parecían no doler.

La toqué y no cambió de color ni se movía. Le pregunté a mamá qué era eso y me dijo “nada grave mientras no se te quite el hambre”.

Pasé todo el día en el cole pensando en eso, en ella. ¿Y dónde salió? ¿cómo llegó ahí? ¿en el salón habrán más como yo?

“Mamá dice que no es importante; pero está en mi hombro, no puedo no verla, es parte de mi” -Pensaba durante la clase de lenguaje. ¿”Y si le pregunto a la maestra?”

Entre las tareas de ese día, el recreo, la música al llegar a casa, la comida que preparaba mi nana y yo odiaba… por las verduras picadas con huevo y varias cosas más, me olvidé del asunto.

Voy a confesar que el morbo me hacía descubrirme a veces la pijama para verla. A veces me ponía una tirita para cubrirla y evitar que alguien la viera. La cubría como si fuera una herida y la raspaba el doble durante la ducha con mucho jabón.

Varios días después, ocurrió lo impensable: apareció otra. ¡OTRA! “¿Pero cómo… se reproducen?!” -Pensé casi llorando

Iba a cumplir 8 años y ya tenía dos de esas. Y una que parecía ser la tercera… porque era más claro su color. A esa edad madura debía tomar una decisión. Dejé que quejarme y andar preguntando a todo mundo y bajé a la oficina de mi abuelo.

Entrar a esa oficina/consultorio/taller era como entrar a un libro multiusos. Dos libreras de piso a techo y de esquina a esquina, vomitando libros, revistas, casets, folletos, angelitos de cerámica, mis zapatitos de beba cubiertos de bronce y convertidos en pisapapeles, ceniceros huérfanos porque ahí estaba prohibido fumar, fotos de Sai Baba y de Jesús que estoy segura platicaban entre sí por la noche sobre la humanidad y sus crecientes desaciertos, fotos de mis primas pequeñas y lejanas, foto de mi abuela viendo hacia la terraza para que desde el cielo viera nuestra calle y alguna que otra herramienta de ingeniería que nunca entendí.

“¿Adonde buscar?” -miraba confundida las libreras y el escritorio. Huy el escritorio: diplomas y rapidograf con distintos repuestos, regletas y moldes de letras, una cantidad infinita de llaves y llaveros con nombres marcados de forma inútil porque habían cambiado las cerraduras varias veces y nunca nadie botaba las llaves viejas logrando una perfecta confusión en toda la casa, el kit especial para reparar los casets, otro estuche de sellos de hule con letras intercambiables, un baúl de madera con dos bolas chinas para mejorar la circulación, la cajona de incienso, encima un cubo rubik y varios cancioneros de música judía… en hebreo.

Todo removí y todo volví a dejar en el mismo lugar para que nadie advirtiera la presencia del ratón (yo en versión casera: un ratón) Vi de reojo la mesa lateral del sillón reclinable donde ocurrían las hipnosis de los que querían dejar de fumar o bajar su obesidad. “¿Hipnosis? ¿filosofías? no tengo tiempo, necesito averiguar lo mío” -me recordaba con cada descubrimiento.

“Esa mesita tiene que tener lo último que ha estado leyendo y siempre lo veo con ese diccionario. Ahí tiene que.. lo encontré!” -me senté en suelo con las piernas cruzadas, me aparté el mechón de pelo mal cortado por traviesa de la cara y comencé a buscar la palabra

“¿Cuál era?, mi mamá dice que unos se llaman de una forma y las otra de otra. Pero no son esposos, son especies diferentes aunque uno es masculino y otro femenino. No son lo mismo, no son los mismo… ¿Cuál me dijo que tenía yo?”

No entendí bien las explicaciones. Recuerdo que el diccionario me habló de piel y… otras cosas. Pero si no hablaba de muerte quiere decir que no me iba a morir. “O quizás el diccionario no lo dice; pero la enciclopedia -mamá del diccionario- tenga la foto de alguien que haya muerto y ahí sí… me muero del susto a ésta edad”

Volví a gatear entre la mesa lateral y el sillón reclinable y dejé el diccionario como lo encontré: casi cayéndose.

Desde la puerta de la oficina del abuelo podía verse el jardín que ahora mi abuela regaba desde el cielo. Me dijeron que el agua que llovía en la casa -y especialmente sobre el jardín- era diferente al resto de la lluvia. Mi abuela cultivaba rosas. Rojas, diferentes tonos de rosados y anaranjados, las payasitas que tenían más de cuatro colores y desde que murió florecían beige (a ellas no les hablaba, les cantaba. Pero ese es otro blog) unas amarillas pequeñitas y sus favoritas: rosas blancas gigantes.

Esas rosas grandotas tenían el doble de perfume, eran mucho más delicadas que el resto y le contestaban a mi abuela cuando ella les hablaba. Por eso las quería más. Por confidentes.

Luego de las dos jardineras, estaba el cuarto de lavar y al lado, al final del pasillo, a la orilla del jardín donde terminaba la casa frente al árbol de limón, estaba… la bodega.

Brrrr… de acordarme me da escalofríos en la panza. Hace mucho perdí la cuenta de la cantidad de fantasmas que vi en esa bodega. Me costaba entender por qué unos eran transparentes y flotaban en un fondo blanco y otros andaban bien uniformados arrastrando cañones y armas volviendo un campo de batalla napoleónica el espacio entre las sillas viejas, bolsas de ropa y mis peluches rotos

Yo les prometo que más de alguno intentó hablarme y hasta… este tema también será otro blog. Mucho más largo y confuso que el de las rosas de la abuela.

Vi al cielo, aún había luz. Ubiqué a mi nana entre la cocina y su cuarto y mi abuelo sentado en las gradas de la entrada platicando con Barú, un mago andrajoso que trabajaba en cualquier semáforo y sufría de la peor alucinación por esquizofrenia: se creía humano y eso le asustaba mucho. Ahora lo entiendo.

Ubicadas las personas que me cuidaban, suspiré, me armé de valor y caminé hacia la bodega en busca del estante de enciclopedias. “Quiero saber qué es ésto. Tengo que saber” -repetía para darme ánimos por si otro flotante aparecía

“Aunque la verdad prefiero fantasmas que alguna cucaracha. Es más, ojalá aparezca un ratón y acabe rápido con la duda si ese ruido era o no una cucaracha” -pensaba ya en la puerta de la bodega mientras encendía la linterna

Pasé la luz rápido sobre los tomos para encontrar desde la puerta el que necesitaba y no perder tiempo adentro y mucho menos dándole la espalda a la grieta de la otra pared (porque de esa grieta salían los fantasmas)

Encontré las dos letras que necesitaba, entré, los tomé y salí en dos saltos. Brrrrrr uuuufffff me sacudí la espalda como si tuviera un hormiguero para asegurarme que ninguno de esos flotantes se me había pegado para lograr salir.

¿Qué les puedo decir? No encontré mayor información y la poca que había, no la entendí bien. Me propuse volver a investigar más grande, cuando creciera y tuviera otra idea de la vida. O sea, cuando pasara de grado y conociera más palabras.

Pasó el tiempo y se me olvidó. La verdad no se me olvidó tanto porque en la ducha, al vestirme, al arreglarme para mi primera comunión, mi primera fiesta, mi primer novio -y todos los demás-, en cada cambio de casa, en mis problemas, enfermedades, soledades y éxitos me fui encontrando más de esas. Iguales a la primera que me descubrí a los 7 años

Pero ya me preocupaban menos. Es difícil crecer y las prioridades van cambiando. Pero qué curioso que en cada uno de esos momentos aparecía una. Incluso aparecían varias sin motivo y en cualquier otra parte.

Hace unos años, hablando por teléfono con mi padre sobre el clima, la economía de la zona euro, el chico que me rompió el corazón y mi trabajo en general, le conté que con el tiempo me habían salido más y más pecas y lunares, como él y todos los hombres de su familia.

Me respondió con la explicación que tanto había buscado en aquella casona de mis abuelos: “cuando te veas o encuentres nuevas pecas, piensa que son un beso de lejos de papá”

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9 Respuestas a “…de papá

  1. Ja ja, yo sabía desde la primera palabra que eran las pecas.
    No te he imaginado de 8 años en esta historia, sino de 5, flaca, pelo despeinado, largo y castaño, con mirada de susto en la puerta de una bodega con paredes de madera, caminando sobre baldosas de piedra enmedio de un terreno inclinado con zacate (no grama) y florecitas magenta enmedio de las piedras.

  2. Hermoso, entre mas lineas leia, mas queria llegar al final porque se que siempre terminan de una forma muy singular. Me encanta porque aunque no vivi lo mismo en mi niñez, me hace recordar las travesuras de niña que hice, las preguntas que hice a mis papas tambien. Que lindo que escribas para que otros nos dispongamos a sacar del baul de los recuerdos, esos momentos que de niños nos hicieron sentir casi que adultos.

    • jaja qué bueno Kalita!! Ese es todo mi objetivo… aprender a vaciar lo que guarda mi cabeza y que a alguien le entretenga. Un abrazo y gracias por leer y dejar un comentario

  3. Tienes un DON que no debes de dejar de lado, es maravilloso encontrarse con tus escritos y soñar con tus relatos, esa virtud que es tuya la compartes con todos nosotros y eso te eleva sobre el resto de los mortales.

    Un fuerte abrazo.

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